Día 26.

Hoy por la mañana fui al tianguis que se pone cada domingo cerca del centro de la ciudad. Hubo varios años durante mi adolescencia en las que iba cada semana a platicar con amigos, intercambiar cosas, comprar algo de música y desayunar. A pesar de que me agradaba el ambiente, he de admitir que nunca entendí muy bien la dinámica que se desarrollaba, pues mientras veía por todos lados venta de ropa o calzado, puestos donde se vendían fierros viejos o libros en ediciones de baja calidad igual de viejos, rara vez encontraba “algo” que quisiera comprar. Siempre he buscado tesoros en lugares no aptos para ello.

Recuerdo que las primeras veces que fui, siendo niño, era para acompañar a mi padre que cultivaba una extraña afición: crear “armas” para mis juguetes de acción. Se ponía a fabricarlas en madera, retazos de piel, creo que también mezclilla: espadas, escudos, armaduras, todas a escala y diseñadas para que pudieran utilizarse en la linea de Los Amos del Universo. Las pintaba con pintura de (¿al?) oleo, y en general eran artículos artesanales, quizá demasiado frágiles para ser utilizados por un niño, pero bellos tanto en intención como en diseño. Creo recordar que no se vendían muy bien, pero estoy seguro que las hacia por el placer de hacerlas. Recuerdo en particular dos, una espada larga que se ramificaba en tres, demasiado delicada para ser utilizada sin romperse, y una espada simple en madera dura, de mango rojo y hoja de pintura gris, redondeada, que estaba justo a la medida de los manos de los monos donde se colocaban, esa me la regaló y le di muchas batallas que cumplir. Creo que llegó a fabricar para mí un par de docenas, lastima que se han perdido en el tiempo y el espacio.

En aquel tiempo el tianguis ocupaba a lo sumo tres calles, creo que ahora deben ser unas 10 manzanas enteras. He de admitir que me he vuelto mas elitista de lo que era de niño o adolescente, pues en aquel tiempo era feliz consiguiendo cambiar un videojuego, consiguiendo comics usados, comprando cds y ¡casettes! grabados, encontrando algún libro que me llamara la atención y comiendo tacos de dudosa procedencia. Ahora no como en la calle a menos que tenga buenas referencias del lugar, leo cómics en la computadora y compro libros nuevos, me envilezco con su aroma a papel nuevo. Algo de lo que si encontré en ese lugar, son buenos amigos, la mayoría todavía conservo a pesar de las metamorfosis sufridas a lo largo (y ancho) de nuestra vida.

Hoy, paseando por sus pasillos, me sentía fuera de mi ambiente, demasiada gente empujándose, la música (me llegó el recuerdo de una canción en particular que sonaba todo el tiempo hasta el hartazgo que afortunadamente nadie recuerda) de moda para bailes y una invasión tremenda de cajas de cigarros de marcas que desconozco al precio de tres o cuatro cajetillas comunes. Me pregunté si su sabor seria tan rasposo como los diseños que tenían, por lo que agradecí que llevo meses sin fumar. De alguna manera estoy seguro que si fuera a Calcuta o Hong Kong encontraría la misma cacofonía, los mismos puestos y es posible que la misma gente, solo que con diferente idioma, es mas, en Francia caí en un par de tianguis en donde lo unico que faltaban eran los tacos al pastor.

Definitivamente es el mismo lugar que recorrí de adolescente, mas nunca será el que recorrí de niño. Siempre es bueno contar para agradecer los tesoros encontrados, sobre todo los que llegan sin buscarlos.

“Los siempre presentes muñecos sin ropa.”

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