Día 30.

Quedan 11 meses para el fin del mundo. Cumplo un mes escribiendo 500 palabras al día o más, lo que da unas 15,500 que equivalen a 62 páginas, lo que equivale a una monografía, una novella (que no novela, en español no se maneja esa medida), quizá 40 horas de escritura, unas 20 de investigación y muy pocas de revisión; mas café que té, poco de vino tinto, cero tabaco, poca disciplina.

No las suficientes palabras para llegar a la extensión de la Metamorfosis de Kafka, pero al parecer sí para Quiobole con… para chavas de Rosado y Vargas.

Me gustan las palabras, aunque muchas veces no se lo que significan. Me gusta utilizar palabras invertebradas, protocolarias, escatológicas y variopintas, con un toque reduccionista, pues no soy adepto de la verborrea, ademas que me angustia una leve disgoglia que me coacciona ha sintetizar. Alguna vez en un libro de esos de Selecciones del Reader’s Digest que se compraban en módicas mensualidades y que permitían participar en fabulosos premios gracias a que siempre mi casa pasaba las rigurosas pruebas de selección (osea nos mandaban correo basura) había un capitulo dedicado al origen de muchas palabras y su significado. Admito que no era mi capitulo favorito, pues tenia historias de fantasmas, misterios sin resolver, relatos de guerras, leyendas de civilizaciones perdidas, ensoñaciones del futuro, en fin, todo lo que un niño pudiera desear (si es lo que hacen los niños ¿no?), pero, era un excelente capitulo; ahí aprendí que Guillotina proviene de nombre de Joseph-Ignace Guillotin quien avocaba por una sociedad humanitaria a la hora de ejecutar prisioneros, aprendí que los cuernitos de pan tienen su origen en la media luna islámica que adorna diversas banderas árabes como homenaje, y que se puede apantallar a cualquiera con trivialidades. El truco está en hacerse el interesarse.

He aprendido con los años que las palabras correctas abren puertas y corazones, bajan calzones, crean enemistades, dan o quitan autoridad, curan o lastiman, materializan y en general son tan parte de quien las pronuncia como un brazo. En lo particular no soy adepto a la poesía, mas por falta de interés y desconocimiento (y porque me da hueva el culto a los poetas) pero admito que muchas de las mejores mezclas de palabras las he encontrado en Juana de Asbaje, Randall Jarrell o Leonard Cohen (el presumido que no sabe de poetas); de esas que cuando las lees o escuchas se te erizan los pelos de la nuca y te cortan por un momento la respiración. Lo mio siempre ha sido la narrativa, no estoy seguro si el primer libro que leí sin dibujitos, fue la Isla del tesoro de Robert Louis Stevenson o El libro de las tierras vírgenes de Rudyard Kipling, creo que este ultimo lo tuve que leer dos veces porque en la primera pasada no estaba seguro si había leído el ultimo capitulo o no. Tardaba mucho en leer, claro está. También recuerdo que mi primera decepción fue 20,000 leguas de viaje submarino de Jules Verne (¿porque la maldita costumbre de castellanizar los nombres? uno se llama como se llama) un libro que habla sobre muchos peces. Muchos. Apenas un capítulo donde sale el pulpo gigante.

Palabras todas con mas de un siglo de antigüedad. Eso es asombroso.

Leer lo que alguien escribió tanto tiempo atrás es la única manera que tenemos de saber que se pensaba. Podemos dilucidar estilos de vida con la arquitectura, la topografía, las demás artes que sobreviven, pero la escritura es la única que nos transporta a través del cuerpo y espíritu de un habitante de su tiempo. No podemos estar seguros si existió tal como es descrita la guerra de Troya (que estaría de poca con Poseidón peleando), pero podemos saber algunas de las palabras que movían a la población, sus miedos, sus esperanzas; no conocemos la voz de Cicerón, pero al recitar sus discursos y leer a sus críticos se sabe que la gente se admiraba guardando silencio solo para escuchar cual seria la siguiente palabra que saldría de su boca. Definitivamente las palabras no son algo que se las lleve el viento, son quizá el invento mas grande de la humanidad sin los cuales no tendría la oportunidad de dedicar cada día una hora y media a transmitir lo que pienso en el espacio que he escogido.

Y ya llevo tantas palabras como el Quiobole con…para chavas.

“Bagheera, Mowgly y Baloo chillin’ en el barrio.”

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