Día 52.

Algo que detesto es la temporada de celo de los perros. Se vuelven estúpidos, dejan de comer, se escapan de las casas, se pierden en las calles, se madrean con otros perros e invariablemente terminan siendo atropellados. En fin, les dejo esta historia, mañana la segunda parte.

La tarde era un promesa menos que cumplir. Fria, anegada en si misma, sin un solo resquicio de lucidez dentro de lo poco que quedaba por admirar en el horizonte. Sí uno pudiera llenarse las manos  del valor que tenia la vida, lo único que conseguiría serian fragmentos rotos de mandíbulas de pulgas incrustadas enmedio de los dedos, cortando la piel buscando chupar el calor debajo de ellos. Todo era polvo, cubriendo lento lo que alguna llego a ser importante, desde las fotografías familiares hasta el grito en la garganta que nunca llegó a producirse. No es que el tiempo se hubiera detenido, al contrario, era lo único que quedaba para obsesionarse en su mecánico pasar, inflexible, constante en su labor, pasando sentencia de la misma manera que lo hizo siempre. Aún quedaban los minutos, las agujas de los relojes, las hojas de los calendarios, el pasar del día y la noche. Sin embargo nadie ya lo contaba, solo lo marcaban en la podredumbre lenta.

Nadie podría afirmar aunque lo quisiera cuando fué que llego. Al igual que todo lo demás, los registros dejaron de producirse poco a poco, tan imperceptiblemente se fueron agotando las palabras y los números, como las intenciones de guardarlos, el ultimo instante de claridad fue anunciado puntualmente: en el cielo se vió pasar el cometa igual que cada ciclo, como una mancha larga y amarillenta acompañando las estrellas, de cuando en cuando soltando un fulgor resplandeciente a la manera de un faro que busca ser encontrado. Por las noches el mundo detenia su ajetreo para admirarlo, pues era seguro que si no le veía en esta ocasión, las probabilidades de verlo otra vez antes morir eran ínfimas. Sus ciclos eran tan largos, su duración al igual que todo lo que solo ocurre una vez en la vida, llena de ceremonias, expectativas y deseos, algunos que se cumplirían, otros no.

De todos modos nadie las recordó.

la primer señal de que algo estaba mal fue que el cometa simplemente no se iba. Estaba suspendido en el cielo sin moverse, a millones de kilómetros de ningún lugar, pero inerte. Se buscaron explicaciones al fenómeno, al principio se creyó que todo era un error de percepción, la atmósfera provocaba una imagen errónea, quizá los instrumentos no servían para medir algo tan grande y lejano, era posible que fuera una ilusión óptica, se compararon los datos de su ultima aparición, se revisaron libros de historia buscando pistas para si alguna vez había ocurrido antes, sin encontrar nada, solo el mismo silencio al que llegaba todo aquel que buscaba respuestas en el espacio.

La segunda señal fue que la curiosidad no paso a alarma. Un buen día colectivamente se decidió que siempre había estado ahí.

 “Ese cometa esta coco”.

Anuncios

Una respuesta a “Día 52.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s