Día 53.

Segunda parte de la historia a la que le pagué a un vagabundo que redactara por mí. No le hagan mucho caso, me dijo que el yeso ya tenia tiempo que le había hecho hoyos en el cerebro. Por cierto, mientras estoy fuera el numero de visitas a este blog llega a los 666, lo cual me parece satánicamente delicioso. Muchas gracias por sus visitas.

(continua)…

A pesar de que hubo protestas, estas callaron por si solas casi de inmediato, bajo la tela de tener asuntos mas importante que atender, como limpiar sus sucios oidos o contar  los pasos perdidos, los que nunca llegaron a ninguna parte. Las visiones tomaron un color ocre, del mismo tono que la orina en las sabanas de un hospital, puestas una y otra vez a secarse a sol.

No hubo una tercera señal pues ya había llegado, y con ello, el ultimo acto consciente de la humanidad fue llamarle Fiaca, aunque nadie supo lo que significaba, tan solo un acto reflejo de darle un nombre a lo que no se conoce, como si con ello se alejara la gravedad que mandaba todo al suelo, pegándose en los resquisios  de cuerpos ya consumidos.

No hubo razones, simplemente se dejo de mirar hacia arriba, en poco tiempo también se dejaría de mirar hacia el frente, poco después de ignorar lo que se tenia al lado. Quizá si lo hubieran hecho se abrían dado cuenta que el cometa los observaba, con esa frialdad científica que solo se aprende diseccionando peces mientran intentan respirar en tierra firme. Aún los pocos que mantenían a flote lo que llamaban civilización, perdieron en poco tiempo la capacidad de interesarse por nada que no fuera el mantener sus actividades en orden. Como las partes de un engrane que no se conectan entre si, fueron separándose unos de otros, tan solo dando vueltas sobre su propio eje, repitiéndose en si mismos casi al punto de vomitar, si tan solo pudieran recordar alimentarse.

El final de los tiempos vino y se fue sin bombo o platillo, en realidad trajo consigo la disminución total del sonido, como si se valiera tan poco que lo único provechoso que quedara por hacer era cerrar los labios y no arrastrar los pies. Prontamente las maquinas que proveían de orden a la otrora perfeccionista sociedad, también dejaron de interesarse por sus creadores, nunca nadie imagino que fueran tan celosas como para preferir la destrucción antes que el olvido. Una bendición que para nadie mas llego, pues la muerte, el ultimo articulo de intercambio libre sobre la tierra, fue cautelosamente desechado. Cada hogar se volvió un tumba abierta llena de relojes humanos, seres sin hambre, nombre o presente, incapaces de moverse, demasiado cansados para intentarlo, consumidos desde dentro, por siempre infestados de gusanos ciegos y hastiados.

Nadie sabe cuales fueron las ultimas palabras escritas, quizá una advertencia para las generaciones futuras que no llegarían, posiblemente una ultima plegaria en busca de una misericordia desconocida… lo mas probable es que fueran palabras sin sentido… cacofonía de letras marchitas: el verdadero final llega cuando no queda alguien para recordarlo.

“¡Feliz domingo!”

 

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