Día 54.

Dado que en el mar la vida es mas sabrosa y que poca gente ha leído esto (excusas lo se) pongo aquí un cuento que escribí hace un año, Disfrutenlo.

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EN LA CORNISA.

Sobre la cornisa de la ventana descansa un frasco poco más grande que los de café, lleno de telarañas ignoradas por todos los miembros de la familia, después de todo, no es una ventana importante, da hacia el patio que sólo ofrece como vista una colección de objetos inútiles y estáticos: un tinaco, una palangana, pedazos de cimbra olvidados con la excusa de que algún día pueden ocuparse, macetas rotas cuyas plantas son hierba mala que arrastró el viento. Es  una ventana  a la parte fea del patio trasero, con piso de tierra, lleno de excremento viejo de perro que nadie se molesta en recoger. El perro murió hace mucho, solo quedan coprolitos como recuerdo de su estancia involuntaria en el mundo.

En la misma pared, hay otra ventana a un metro y medio de la primera. Ésta si se mantiene limpia porque queda al paso de todos, no tiene muebles que estorben al acercarse, pero más importante, da vista hacia la parte bonita del patio, la que tiene cemento y lozas rojas, con una jardinera de buen tamaño donde crece un guayabo que hay que mantener podado constantemente; unas latas-maceta que contienen hierbabuena que mamá utiliza para hacer infusiones que curan la panza a papá. Hasta la lavadora luce agradable a la vista, toda cubierta con plástico de color azul brillante para protegerla de la lluvia y el sol. Por esa ventana se puede ver la vida que transcurre, no la vida que se fue. Más no por ello, es más importante que la primera ventana, con su repisa donde hay un par de viudas negras escondidas, viviendo la buena vida de las moscas y los grillos, demasiado confiados en la tranquilidad de estar en el rincón de la cocina que nadie cuida, excepto claro, esas monstruosidades pequeñas, venenosas, comedoras de amantes.

Si, efectivamente, la cocina es el mejor lugar de la casa y el mejor lugar para existir es dentro del frasco. En su interior se encuentran un montón de semillas de durazno. Semillas que esperan con su coroza dura, seca y llena de surcos por el inevitable momento en que creen un árbol. Testigos indiferentes al paso de los años, a la carnicería de las arañas a su alrededor, al fantasma olvidado del perro que por las noches intenta oler los desechos que alguna vez dejó, a la llegada del sol que nunca les da de frente, que les daría si estuvieran en la otra ventana. Si tuvieran ojos los mantendrían cerrados, porque ese no es su destino, así no es como acaba su mundo.

El único momento que pudo llegar a importarles a esas semillas, no-metafóricas, fue cuando se tumbó el árbol de donde nacieron. Se decidió hacer bonito el patio trasero: ponerle una mezcla de arena negra, agua y cemento, tapar la tierra infestada de gusanos, dividir en dos el espacio, uno para el pasado donde colocar la fatiga de construir una casa y olvidarlo, otro para el futuro donde colocar una hamaca, cortar los frutos del guayabo, observar los nidos que construirían las golondrinas, una perrera y poder afirmar que se cuenta con un hogar. Lo malo es que ahí crecía un durazno enorme que ocupaba gran parte del espacio. Cada temporada daba excelentes frutos, pequeños y aromáticos, llenos de dulzura; en sus ramas no habitaban golondrinas pero si montones de gorriones que pasaban la noche escondidos de los búhos.

Antes de llamar a los albañiles echamos un vistazo y  nos dimos cuenta que  las raíces eran enormes, profundas, tanto que se confundían en algunas partes con los cimientos de la casa y la de los vecinos. Entre ir construyendo la casa se dejó correr como un sueño al durazno, que lo invadió todo llenándolo de vida; entre construir un segundo piso, dotar de habitaciones a todos los miembros de la familia, llenar de electrodomésticos la cocina y la sala, el durazno creció como un miembro más de la familia y se asigno su propio espacio. Fue difícil tumbarlo.

Buscamos soluciones: construir alrededor, pero se rompería el cemento; un piso elevado que no tocara la tierra como en las casas japonesas,  pero se convertiría ese espacio en un lugar ideal para las ratas; dejarlo como estaba, pero entonces ¿Dónde se pondría la lavadora?¿y los escombros?¿y los sueños del hogar perfecto?

Sin soluciones, quitamos los frutos que colgaban, que eran muchos. Desde el umbral de la cocina consumimos su carne y fibra poniendo sus semillas en un frasco más grande que los de café que llenamos con rapidez , hervimos otros para hacer almíbar, regalamos a los vecinos bolsas llenas, se cocinaron pasteles mal hechos, pero no dejaba de producir duraznos como si se rebelara productivamente, dando más y más hasta el hartazgo, dejando saber que no se iría en vano, que reconsideráramos, que si pudiera nos señalaría con sus ramas diciendo que ya no era parte sólo de la familia y la casa, sino del mundo.

Entre todos lo cortamos.

Fue difícil al principio, mientras con azadones, hachas y serruchos destrozábamos corteza a corteza, rama a rama, hoja a hoja, llenándonos de savia pegajosa hasta los brazos, echando a perder nuestra ropa y el calzado, viendo caer mariposas atrapadas, capullos, un par de nidos y el continuo trino de los gorriones despojados de su hogar. Aún mas difícil, fue sacar todas las partes en bolsas negras gruesas, cortando en pequeños pedazos la madera, metiendo el esmeralda de sus hojas que se expandía rompiendo el plástico, ramas como pequeñas garras defendiéndose, clavándosenos entre las uñas, astillas debajo de la piel que provocaron en mi hermana una urticaria espantosa, insectos casi invisibles picándonos las manos, todo con un sol quemante sobre nuestras espaldas que parecía mofarse de que no tuviéramos un árbol donde refugiarnos.

Quitar las raíces fue la peor parte. Nos tomó lo de tres días escarbar con palas y picos, rompiendo las raíces mas grandes que parecían estar llenas de manos, sujetas al centro de la tierra. Cada que lográbamos sacar una nos respondía con un latigazo lleno de tierra y piedras directo a la cara, como si buscara cegar aunque fuera a uno. Un último recuerdo de nuestra amada planta. Dejamos una gran cantidad de raíces sin desenterrar, por temor a que pudiera provocar un deslizamiento de los cimientos de la casa.

Ni hablar de lo que nos costó que se llevaran los desechos. Tuvimos que esperar un mes para conseguir dinero para los albañiles que harían el patio. Mientras tanto, el patio trasero se convirtió en una tierra de nadie, llena del silencio de los pájaros; la lluvia convirtió en lodo nuestro trabajo y la melancolía se instauró con paciencia infinita, a que alguien se atreviera a quitarla. Pasaron semanas después de que se construyera el patio para que siquiera consideráramos a pasar más del tiempo necesario sobre él, evitábamos cocinar para no tener que mirar por la ventana de la cocina y todos nos sumergimos en nuestra vida fuera de casa sin dar explicaciones. Es difícil coexistir cuando se tienen las manos marcadas por heridas infectadas de tierra, todos tuvimos que ponernos la vacuna del tétanos.

Pero el tiempo toco lo cura.

En la jardinera se coloco un retoño de guayabo. Recogimos un perro de la calle, le dimos dos platos, uno para el agua otro para la comida, le construimos una perrera en una esquina del patio, junto con un collar con una placa que decía su nombre; sacamos una lavadora a plazos, barrimos el patio y colgamos una hamaca para los días frescos.

Nos dimos un abrazo aceptando que merecíamos el patio.

De eso tiene años. Nos mantenemos jóvenes a pesar de no estar juntos. Constantemente regresamos al hogar a darle mantenimiento a nuestra vida, escuchamos a las golondrinas en primavera, el rumor del viento que arrastra sensaciones idas, ruidos de lo que queda por venir.

Desde la cornisa, las semillas del durazno esperan sin importarles el mañana. Se saben casi eternas, aún fuera del frasco. En algún momento pensé en plantar una de ellas al aire libre, a lo mejor hasta comprar un terreno con el solo propósito de verla ocurrir, dejar que consuma y dé vida a todo alrededor; pero se que no es necesario. Algún día el frasco se romperá, quizá por accidente o tal vez porque es inevitable.

Cuando eso ocurra estoy seguro que las arañas del violín rojo las llevaran por todo el mundo.

“Que guapa la mamá”.

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