Día 55.

Regresando de la vacación de fin de semana. Estuvo nublado, había ancianos por todos lados, la playa vacía, los bares igual y en comparación con el clima de aquí estaba paradisíaco el asunto. Definitivamente veo las ventajas en tener casa en la playa aunque sea para ir una vez al mes de fin semana o algo así. Por otro lado mando un llamado de atención a toda la población femenina mayor de 50 años: NO es necesario que sigan utilizando tangas o bikinis cortos. Gracias por su atención.

La playa me dio oportunidad de meditar muchas cosas, especialmente acerca de lo que puede llegar a ser mi vejez, cosa a la que no me había dado cuenta le tuviera tanto miedo, al grado que tuve pesadillas al respecto la noche que llegué al hotel. Calculo que el promedio de edad de un ochenta por ciento de la población del hotel sería de 60 años, estadounidenses jubilados escapando de las nieve, felices de estar ahí quemándose aún sin sol, tomando cantidades industriales de alcohol y con una fiestota padre en el bar del hotel, llegando al extremo de que les cerraron la barra por lo que se fueron a continuarla en los diversos bares de la zona. No quiero imaginar (en serio, no quiero) que hace un grupo de sexagenarios y sexagenarias embutidos en alcohol después de medianoche.

Admito que el darse cuenta que se ha pasado la barrera de los treinta no es sencillo, después de todo uno esta acercándose a la mitad de la vida, lo cual por lo menos en mi caso particular se traduce en un pánico moderado del cual prefiero no hablar por temor a que se cumpla, de la misma manera en que uno se tapa debajo de las sabanas para que no lo vean, esfuerzos inútiles, treméndamente infantiles. No se trata de un temor racional, no tiene pies ni cabeza y se basa en que estoy muy joven para ser tan viejo, lo cual es una frase también sin extremidades, una especie de mantra contra el paso natural del tiempo. Ciertamente el temor se basa en el desconocimiento.

Algo de lo que me he dado cuenta es que mientras mas crece uno, mas falso resulta todo. Recuerdo que cuando era niño pensaba que la gente adulta era una especie completamente diferente a la mia, sin sentido del humor, educada, que sabia que hacer en todo momento, con sus emociones controladas, racionales, prácticos: maduros. Ahora, que tengo contacto diario con personas adultas puedo afirmar categóricamente que no cumplimos con ninguna de esas características. Todo es una fachada detrás de camisas formales, zapatos de vestir, la ilusión de estabilidad y distancias personales bien especificadas, mientras que justo debajo de la superficie no la pasamos mintiendo y mintiendonos con respecto a lo que realmente somos: niños que nunca lograron entender de que se trataba el juego con solo la opción de seguir adelante para que los demás no se burlen de uno. Detrás habita el monstruo de no saber quienes somos o a donde vamos, aceptamos cosas porque así es el mundo, somos manipulables y manipuladores, confundidos de que somos en que momento.

Viendo a los ancianos en la alberca me dio la sensación que ellos saben algo que yo no. Realmente parecía valerles madre lo que ocurriera en cualquier otro lugar, como se veían o que ocurriría mañana, las apariencias se les habían terminado con medio siglo de jugar el juego. No tenían nada que demostrar, tan solo disfrutar el juego de bingo, el alcohol en la sangre y el aire del mar. Que los demás se preocupen de ser llegar a viejos.

Ellos ya iban de regreso.

“Justo en el centro”.

 

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