Día 57.

Creo que ya se cumple hoy una semana de días grises, no se como le hacen los ingleses porque a mi no me inspira nada mas que una depresión suave el ver el cielo cerrado todo el tiempo. La depresión estacional se cura fácilmente, solo se necesita salir al sol un buen rato o en su defecto hacer ejercicio, pero si no hay sol y hacer ejercicio puede provocar una neumonía, no le veo mucho beneficio al asunto. Aprovechemos y seamos emotivo, que al parecer es por lo que se identifica este blog, según me han comentado varias veces.

Originalmente planeaba hablar aquí acerca del fin del mundo semanalmente, pero la verdad es un tema que no me apasiona, solo me divierte como leitmotiv (el mamón) y del cual no voy a exprimirme los sesos tratando de satisfacer una obligación nunca pedida, por lo que no he metido mucho al respecto. Sin embargo tengo en la mente varias entradas al respecto, especialmente una que me gusta mucho, tan buena la considero, que la he estado postergando para, así que es justo de lo que me voy a referir hoy. No, no el fin del mundo, sino la dilación, con lo que nuevamente postergo escribir esa entrada.

Postergar es uno de mis múltiples vicios que he intentado ir dejando, aunque creo que es contra el que menos he podido. Tengo un mural por terminar desde hace muchos años, clases de guitarra que se fueron acumulando, viajes por realizar, idiomas por aprender, culturas por explorar, malos hábitos que desechar,  autores por conocer (Camus, Dostoyevski, Paz), platicas que tener, personas por conocer, en fin, montones de asuntos por realizar. Parte de que esto ocurra es flojera, cierto, otra es el acumular ideas, cosas o esperar el momento propicio para que ocurran, cosa por demás estúpida. Recuerdo que desde siempre he tenido placeres guardados esperando el momento para ser utilizados, como si fuera un desperdicio hacerlo antes o requiriera circunstancias especificas, como en una historia de Gibran Jalil de un tipo que tenia una botella de vino tan buena que no la utilizó en su cumpleaños, ni cuando lo visito un príncipe, ni en la boda de su hijo, hasta que murió y los enterradores se la tomaron alegremente sobre su tumba. Justo en este momento tengo dos botellas, una que tengo prometida para cuando cumpla con algo, y otra que nunca se abrió con la persona que la quería tomar. La primera es cosa de simplemente terminar, la segunda es cosa de comenzar de nuevo, ambas labores de desición.

Lo mismo me pasa al contar historias: desde la preparatoria comencé a hacer cuentos, tengo notas de algunos que no se llegaron a escribir y que ahora no entiendo que es a lo que quería llegar, otros mas que simplemente ahora ya no podría escribir porque su tiempo pasó, así como algunas ideas que he guardado celosamente, a razón de que en aquel tiempo quisieron robarme una, por lo que ya no las comento ni las escribo, lo cual las ha arranciado, cosa que no le va bien a las palabras. Se que en el fondo todo se va en justificaciones, también entiendo que escribo esto para aprovechar estos días grises en los que algunas de mis actividades normales se han puesto en pausa y recordarme que hay cosas por terminar.

Comenzando por escribir las cosas que dejamos atrás.

“Y aprender sobre Kali”

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