Día 67.

Dado que no quiero escribir mañana porque tengo cosas que hacer, que quiero disfrutar de mi latte machiatto con caramelo (así o mas joto) sin culpa de no escribir, que voy a amanecer levemente crudo y que hay tela de donde cortar para continuar hablando de la bandera, vamos a escribir desde hoy.

Se que todo mundo lo sabe porque su vida gira alrededor de lo que hago, pero solo para refrescarles la memoria, en la primaria fui el abanderado en sexto de primaria; honor conferido al alumno con el mejor promedio de la escuela, o sea al mocoso que los maestros pasaban al frente a recitar una poesía, agarrar un banderín y exhibirlo como “el orgullo de nuestra escuela” mientras los alumnos le mentaban la madre por lo bajo y esperaban que regresara al salón para zapearlo. Se contaba con dos banderas: la de todos los lunes que era de tamaño normal amarrada a un palo igual que los de escoba, y la de que se sacaba solo en ocasiones solemnes, tales como el 16 de septiembre, que era de tela de mejor calidad, brillante, con un mástil metálico dorado con el escudo nacional en la punta, también de metal, diseñada para impresionar, lo cual logró en mi desde la primera vez que la vi en segundo de primaria y que nunca creí cargar, por lo que me sentí realmente honrado cuando se me pidío hacerlo. Lamentablemente era flaco como perro parado a los 11 años, por lo que estuve a punto de tirarla el día que la recibí en el cambio de escolta de la generación que salia pues como todo artilugio ceremonial era muy pesada, así que solo me permitieron cargarla una vez. En sí era una labor ingrata: todos los lunes tenia que ir con traje, zapatos formales que apretaban como el demonio y se calentaban horrible mientras permanecía inmóvil con el sol de las nueve de la mañana de frente durante el acto a la bandera, agregándole a ello que ya padecía desde un año antes de fotosensibilidad en los ojos, la combinación resultaba ganadora. Ah, durante el resto del día tenia que traer el atuendo, lo que evitaba que jugara durante el recreo con mis amigos. Al menos tenia una escolta de puras niñas de no malos bigotes mas altas que yo a mi alrededor, una de las cuales me gritaba ordenes. Creo que eso explica varias cosas.

Recuerdo que durante la ceremonia de entrega nos tocó prestar juramento ante la directora de la escuela, al parecer este es el protocolo para todo cambio de escolta:

Directora -“Ciudadanos: Vengo en nombre de México, a encomendar a vuestro patriotismo, esta bandera que simboliza su independencia, su honor, sus instituciones y la integridad de su territorio. ¿Protestáis honrarla y defenderla con lealtad y constancia?”.

Escolta -“Sí, protesto”.

Directora- “Al concederos el honor de ponerla en vuestras manos, la Patria confía en que, como buenos y leales mexicanos, sabréis cumplir vuestra protesta”.

Una cosa es saludar la bandera desde las filas mientras pasa y se escucha una grabación de una marcha militar, otra muy diferente pasearla frente a toda la escuela, tener que soplarse sin chistar con la mirada constante de los maestros, las efemerides mal aprendidas por los niños de cuarto “B”.

Eso si.

En cuanto llegaba el momento de el himno nacional, era el único en toda la primaria que no tenia que saludar, porque yo era quien cargaba el lábaro patrio con la mirada de 500 niños encima. En ese justo momento todo cobraba sentido y entendía que valía la pena el estar ahí lunes tras lunes con el orgullo de habérmelo ganado a pulso. Que puedo decir, cada uno aprende patriotismo de manera diferente.

Por un asunto ridículo (me caí de un caballo en el zoológico) me rompí el brazo un par de meses después, por lo que se tuve que abandonar la escolta, quedando en mi lugar un niño con el cual había competido la posición de abanderado desde un principio, al cual mi madre también le paso el traje “para que no gastara”, aunque no de muy buena gana. Por mi encantado de el asunto de no volver a tener que cargar la bandera, sobre todo para aprovechar mis recreos, que puedo decir, el hedonismo ante todo, aún con el brazo roto, aunque fingía estar muy afligido. Volví al lugar de espectador con mi grupo, desde donde cada acto a la bandera me veía el niño que me sustituía con una mueca similar a la de un tipo que me dijera actualmente “mira, ando con tu exvieja”, a lo que yo con la mirada le respodia “disfrutala: te la deje bien caladita”.

Así es el amor a la patria.

“La mejor bandera que ha tenido México, solo le falta un pentagrama”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s