Día 78.

Algo me picó en la mano mientras dormía, desperté mas temprano de lo habitual, menos de 10 minutos después alguien comenzó a contarme sus problemas en voz fuerte y alta. Y luego me preguntan porqué no me gustan las mañanas.

Siguiendo una recomendación, estoy comenzando a escribir al poco de despertar, para cambiar mi bio-ritmo acomodando mi tiempo de manera mas provechosa durante el día, dandome espacio a hacer mas cosas, veremos que tal resulta. Una de las cosas que mas trabajo me ha costado en los cambios que he realizado a mis hábitos es el volverme diurno, no tanto porque me cueste dejar la noche, sino porque detesto desde siempre las mañanas, desde la luz brillante, el tráfico matutino, la gente haciendo deporte, el tener que esperar a que abran lugares a los que uno necesita ir, pero sobre todo uno de sus elementos mas fundamentales: el desayuno.

De niño despertaba primero a las siete, en la secundaria a las seis. Para estar listo la escuela, se me proveía con cereal, pan tostado, huevos tibios, jugo de naranja, te o café. Excepto los huevos tibios, todos alimentos que me gustan y sigo consumiendo regularmente, pero a esa hora de la madrugada, mi sistema digestivo simplemente no los aceptaba; como una chica darketa a la que se le regala un ramo de rosas rojas y nubes, inmediatamente el estomago me rechazaba la comida con una mezcla de extrañeza y repulsión “si ya sabes que yo no le hago a eso” era su respuesta. Dado que para ese momento o mis padres se habían ido ya a trabajar o se estaban preparando para elló, procedía a tirar por el retrete el desayuno recién preparado, aventarlo al patio de los vecinos o meterlo en una bolsa de basura para esconderlo en el techo de la casa, genialidad que cometí como a los nueve años, pues se me ocurrió meter un plato de cereal con todo y leche en una bolsa que tenia un agujero, darme cuenta que se estaba derramando a lo que la única solución que se me ocurrió fue subir corriendo con la bolsa chorreando, dejando un rostro por la cocina, el comedor, el pasillo, la escalera… listillo desde chiquillo.

Me preparaban también una torta o emparedado (sandwich suena tan gringo, hay que defender nuestras raíces), que invariablemente terminaba en los botes de basura de la escuela o en el mejor de los casos lo regalaba. De cuando en cuando me daban dinero para que me comprara algo de almorzar porque la logística matutina había fallado y el esfuerzo familiar por tenerme nutritivamente alimentado no pudo ser cumplido en el limitado espacio de tiempo dispuesto para ello, por lo que procedía gastarlo en maquinitas a la salida de la escuela, informando posteriormente en casa que había almorzado un bocadillo (palabreja españolada ¿que los aztecas no conocian las tortas?) de jamón o cualquier otro de esos alimentos que consumen los niños a la hora del recreo. De algún lugar tenia que provenir la adicción. Actualmente desayuno solo en contadas ocasiones en que sé que no voy a tener oportunidad de consumir alimento durante todo el día, es un compromiso importante (desayunos de trabajo o pedir la mano de futuras ex-esposas) o porque el menú es demasiado bueno como para dejarlo pasar, como unos tacos de barbacoa con salsa borracha con un jugo de naranja con zanahoria.

Tengo entendido que Venustiano Carranza tenia como regla para su milicia desayunar como rey, comer como príncipe y cenar como mendigo (que no méndigo) para mantener felices y listas a las tropas. Lamento que si se me diera la oportunidad de luchar bajo su mando, tendría que declinar esperando no ofenderlo, pero no creo que le sirviera de mucho en sus esfuerzos revolucionarios un tipo que cada que le sirvieran un rancho de frijoles refritos, cecina y nopales lo mete en una alforja.

Aparte que le molesta el ruido por la mañana.

“¿Y si mejor el mañanero?”.

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