Día 99.

Tuve una pésima mañana en una sala de espera durante tres horas en medio de gente paranoica, sin café y pocas horas de sueño, de la que no saque absolutamente nada mas que buenos deseos. Afortunadamente ya me tome un lungo, con lo que el mundo es mejor. Veo a mi perro respirar mientras duerme, necesita mucho más el descanso que yo. Me alegra que esté aquí.

Les recuerdo que esta es la cuarta y última parte de una serie.

Actualmente se mira a la iglesia como una institución en la que siempre los sacerdotes son responsables de todo, de la manera en que se ve una compañía de negocios, dominada por un grupo superior a los demás, que viven con sus propias normas, las cuales suelen ser absurdas para el mundo donde vivimos. Ahí, es donde existe el Papa como figura máxima, y al igual que en cualquier otra empresa, es responsable de lo que ocurre hacia abajo dentro de su curia, a quienes se les adjudica contacto con seres superiores a nosotros, predicando al mismo tiempo sufrimiento con resignación para sus rebaños, mientras llevan autos del año; enseñando que las leyes de Dios son indiscutibles mientras desconocen las leyes del hombre.

Y luego se martirizan porque nadie los comprende.

Cada quien tiene derecho de elegir su veneno, entre mas dulce le sepa mejor. Lo que no se tiene derecho es a apresurarselo por la garganta a los demás, quitárselo de las manos o intentar deshacerse del propio inyectándolo a quienes confian en ti.

Dejando de lado para otra ocasión a los jefes de la iglesia, la realidad es que quien la conforma son sus fieles. Personas que deciden seguir su fe, que se saben imperfectas pero que buscan hacer algo, que, contrariamente a lo que se piensa, no se la pasan todo el tiempo rezando sino trabajando y luchando por sus ideales. Desprecio en demasía a quienes dicen que tener fe es estúpido, que lo único real es lo que se tiene a la mano. La gente que equipara la creencia con la ignorancia, caminan con un vacío que nunca pueden llenar, porque no están dispuestas a aceptar que como seres humanos, no somos autosuficientes, no venimos a este mundo solos y no hay peor destino que irse con un ultimo aliento amargo que nadie extrañara.

La visita del jefe del vaticano no generó en sí ningún cambio: todo mundo sabe la realidad en la que vive. Las palabras de Benedicto XVI no tienen valor si no son acompañadas por las acciones de Joseph Aloisius Ratzinger. Sin embargo hay algo que rescatar, que es el hecho de que medio millón de creyentes en virtudes como la caridad, el ayudar al prójimo desinteresadamente, el mejoramiento de los lugares donde viven y el perdón (condicionado, como debe ser), pudieron sentirse que no están tan solos como se nos quiere hacer creer a cada paso, encontrando fuerza en apoyarse en los otros. De eso se trata hacer comunión, no veo nada de malo en todo de ello, y a pesar que no comulgo con muchas de sus practicas, me gusta saber que están ahí, y, que contrariamente a lo que nos fascina creer, son bastante accesibles.

Creo en la libertad de culto, como creo que todos necesitamos creer en algo de la misma manera en que necesitamos que se tenga fe en nosotros.

También creo en el latín como método de entretenimiento.

“Ave, Satani”

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