Día 101.

Marco A. Almazán me enseñó desde niño que tratar de arreglar un asunto en particular en una oficina pública es una mezcla entre el laberinto de Creta con la torre de Babel, donde el Minotauro usa lentes y a pesar de entender perfectamente lo que se le solicita, contesta en un idioma completamente diferente, eso sí, de manera muy diplomática. En algún punto en la travesía se conseguirá una respuesta con extrañas firmas y sellos oficiales, a la cual si se le agregan diez pesos, a uno le alcanza para comprarse una taza de café.

Claro, en un vaso de celofán.

Mi autor mexicano favorito es el yucateco Almazán. Podría, fingir con nombres de autores serios, subterraneos o que dan prestigio entre los intelectuales (que rara vez los leen pero se saben un poema de Sabines y dos párrafos de Carlos Fuentes), pero, no hay nada que se compare con leer las desventuras del ciudadano común en la burocracia mexicana. Creo que me he leído como unos diez libros suyos, al menos tres de ellos múltiples veces, porque son cuentos cortos, habitualmente de tres o cuatro paginas que pueden leerse tranquilamente mientras se está en el baño o durante… bueno, en el baño y punto. En realidad creo que no se consideran cuentos en el estricto sentido de la palabra, pues varios de sus relatos no tienen una narrativa especifica, mas bien es una relación de humor negro ligero, como el relato de un empleado que se le quedaba viendo a su jefe, hasta que este acaba paranoico porque sospecha que su empleado sospecha de algo sospechoso que sospechosamente no ha hecho, por lo harto del sospechosismo acaba dándole un tiro; o el del psiquiatra de ISSSTE, que utilizo en mi vida cotidiana cada que alguien que se va enterando que soy psicólogo, me cuenta algo de su vida e invariablemente pregunta:

“¿Que crees que tenga?”

A lo que mirando a la persona seriamente respondo:

“Tienes un complejo de Edipo del tamaño de la catedral”, que es la respuesta que daba en esa historia el psiquiatra a todo paciente que le llegaba. Funciona de maravilla, porque rara vez me vuelven a pedir mi opinión.

Sin embargo, las historias que mas recuerdo son las que tienen que ver con hacer antesala en alguna oficina publica, si mal no recuerdo hasta tiene un manual de supervivencia para dicho evento, tales como que primeramente, si un asunto se resuelve en la capital, tienes que ir a la capital. No tiene caso confiar en que mandando cartas, llenando formularios o encargándoselo a alguien más el asunto magicamente va a desaparecer. Igualmente, recomienda llevar ropa cómoda, para todas las estaciones, pues nunca se sabe cuanto se va a tardar, llevar suficiente dinero para subsistir o aprender a alimentarse a punta de rebanadas de smog. Ya estado físicamente en la antesala, procurar dormir ahí, si se puede, en una esquina para tener donde apoyarse, quizá poner un puesto de fritangas para los demas que hacen espera, todo mientras se espera que la maquinaria burocrática (digo, poner una tabla encima de una piedra se le considera una maquina simple) se digne a posar su vista, o mejor dicho señale con su magnánimo dedo hacia uno, ese que se dice hace y deshace a voluntad, aunque en la realidad siempre depende de “el de arriba”.

Osea, el jefe de arriba, no confundir con figuras teológicas.

En fin. Almazán escribió libros enteros acerca de estas bellas estampas, allá por los años 60 y 70. Me da gusto saber que aquel México mágico que retrató, sigue manteniendo sus tradiciones actualmente, justo en esta semana he podido predecir con un cierto grado de destreza muchas de las cosas de las que Almazán advirtió, que, creo que todo mundo debería de leer, pues se encontraría con un mapa que funciona a la perfección, como los cancerberos que cuidan las oficinas de gobierno con cara de malos pidiendo identificación, la secretaria amargada de edad indefinida, el subsecretario lamebotas que sabe decir sí a todo, y el jefe, cuya sola presencia iluminaria tanto un cuarto que dejaría a todos ciegos, por lo que afortunadamente y pensando en el prójimo, mejor no se hace presente.

A todos ellos, muchas gracias por hacerme ver lo poco que vale mi tiempo, pero sobre todo, por hacerme un personaje mas de mi autor favorito.

“Traigame por triplicado su arból genealogico firmado desde Adán y su acta de defunción”.

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