Día 102.

Sábado con mucha actividad, al grado que traigo todavía los mismos calcetines de ayer y ya comienzan a desprender un buqué poco agradable. Pero antes de eso, hagamos la tarea de esta tarde antes de procurar salir a romper el mundo.

Murió Harry Crews, de quien nunca he leído nada (lo haré al rato) pero que opinaba que escribir 500 palabras al día era una buena jornada. Eso me crea una ambivalencia, pues escribo 500 palabras aquí, pero sigo considerando que es solo como calentamiento previo a escribir más, eso sí, calculando que en su época no había procesadores de texto, creo que esa cantidad es susceptible a ser modificable.

Quienes me conocen, saben que tengo peor letra que un médico dislexico, la cual en los últimos años se ha deteriorado todavía más debido a que es muy raro que escriba a mano, al grado que tengo anotaciones que ni yo mismo entiendo; en alguna ocasión me la llegaron a comparar con la letra de un psicópata, cosa que no creo… quizá sociópata. Ningún psicópata que se respete permitiría que sus apuntes acerca de la mejor manera de cocinar cerebros o meter pollitos en la licuadora, se confundan con una receta de enemas y antiheméticos. Desde siempre le he echado la culpa a que soy zurdo y que en la secundaria las sillas tenían solo paletas para diestros, lo que me obligaba a asumir una posición bastante incomoda cruzando el brazo para escribir en la hoja colocada a lo ancho en vez de a lo largo. Para segundo año pusieron un par de bancas para zurdos, pero no me acomodé, así, que seguí con lo mismo, que hasta la fecha creo lo sigo haciendo aunque con menor ángulo de cruzamiento.

Admito que me causa un poco de frustración el no tener ningún manuscrito mió. Hace algunos años encontré en un puesto de artesanías un cuaderno hecho a mano, cuyas hojas habían sido tratadas con café y vinagre, así como pasadas ligeramente al fuego lo que les daba un aspecto antiguo que me gustó. Me propuse lograr que la novia en turno me lo comprara, pues no era demasiado caro y me parecía el lienzo perfecto para escribir una historia acompañada de ilustraciones, pero me encontré con un par de problemas en ese proyecto: en primera, hago muchisimas correcciones, por lo que en lugar de un bello escrito, se convertiría en lo mismo que cualquier otro cuaderno que haya tenido hasta ese momento, que tiene mas aspecto de un documento clasificado con casi todo tachado y solo unas pocas palabras legibles. Igualmente, soy malisimo para dibujar. Cuando de niño me rompí un brazo, pasaba mi tiempo dibujando animales que no me quedaban nada mal, pero en realidad soy un copista, no tengo facilidad para generar una imagen y siento admiración y envidia de quienes pueden tomar unas crayolas o unos aerosoles para en pocos minutos dibujar (en toda la extensión de la palabra) un espejismo. Vale hacer notar que preferí rendirme con el cuaderno antes de haberlo intentado.

Para eso es mejor trabajar con un artista plástico.

Por otro lado, me maravilla que antes de la invención de la maquina de escribir alguien pudiera dedicar su tiempo a escribir una novela con tan solo una pluma que había que remojar cada cinco palabras en tinta sobre una excusa de papel, pues, por si no lo sabían, el papel para escribir a un precio económico es un invento relativamente nuevo, lo cual también explica en parte que la mayoría de la gente no aprendiera a leer, después de todo ¿de que sirve una habilidad que no va a utilizarse en la vida cotidiana? No me imagino la frustración de un escritor antes de la imprenta al encontrar una falta de ortografía o querer agregar un capitulo o modificar un personaje ya con el texto terminado. Con la máquina de escribir, la verdad es que las cosas se facilitan mucho, pero sigue siendo una pesadilla a quien no esta acostumbrado el hacer una corrección, por lo que no es de extrañar que en las fotografías de escritores del siglo XX, invariablemente tienen un cesto de basura lleno de papeles desechados, un cenicero a tope, una botella a medio llenar y pastillas para la úlcera.

Agradezco mucho la tecnología que me permite escribir 500 palabras en cosa de 45 minutos o menos con la facilidad de editar a mi gusto sin necesidad de perder el cabello en el intento, solo sigo esperando la siguiente fase, que es el procesamiento de texto a partir de la palabra hablada, lo que estoy seguro se perfeccionará en los próximos 5 años, con lo que podré olvidarme de tener que escribir en ese arte caduco llamado escritura a mano.

Eso si, seguiré sintiendo que debería hacer un manuscrito.

“Claro, la hoja en blanco siempre es el enemigo”.

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