Día 105.

Sigo confundido con el horario de verano, pero ya en menor grado. Buenas noticias para todos (lo son, en serio), a partir de hoy y durante todo el mes de Abril, escribiré poco, procurando no pasarme de las 500 palabras y haciéndolas en tiempo limite, por lo que si no tienen mucho sentido los posts, es debido a que voy a estar escribiendo aquí como lo tenía planeado desde un principio, osea, como calentamiento solamente. Durante todo este mes debo escribir bastante para un par de proyectos que ya tenia en puerta desde hace tiempo, lo que va a evitar que le ponga mas atención de la debida a este blog. Considerando que más que perder pie con lo que aquí se plasma, van a ser cosas que salen de manera inmediata con un mínimo de filtración y revisión, tirándole al formato de un diario personal que buscando una reflexión. Siendo así comencemos.

Desde hace unos cuantos días agarré un libro que tenia pendiente desde hace tiempo (dejando de lado El retrato del artista adolescente de James Joyce que francamente no tengo ganas de leer ahorita) del que solo tenía leves referencias, en particular un capítulo de Duckman, donde cae a un psiquiátrico y descubre que es el lugar perfecto para descansar; en una de las escenas se le ve en un patio leyendo tranquilamente y recitando las ultimas lineas del libro con una sonrisa de entendimiento y satisfacción. El libro en cuestión del que llevo apenas 4 capitulos, es El gran Gatsby, de Fitzgerald. Lamentablemente se en lo que va a terminar, pues se ha utilizado con frecuencia la trama en diversas peliculas y series de televisión (calculo que casi todo lo que pasan en los canales Sony y Warner), pero eso no le quita en lo mas mínimo la maravilla que resulta el lenguaje de generación perdida estadounidense, donde se describe con suficientes detalles pero dejando las suficientes grietas dentro de la trama para ser llenados por el lector, el vacío de la sociedad de clase alta, lo cerca que se esta todo el tiempo de la decadencia de siempre, la vida de excesos en los años 20 pero sobre todo, el egoísmo con el que nos desenvolvemos, no realmente con una malicia dirigida, sino como una consecuencia al hecho de no importarnos realmente los demás, solo convertidos en espectadores de otros seres iguales a nosotros a quien igualmente no les importamos pero que de quienes depende nuestra valía.

El personaje principal se encuentra en una fiesta donde se le presenta a diferentes personas cuyos nombres recuerda como Mr. Mumble, pues ninguno le es interesante; dato que inmediatamente me sacó una sonrisa, pues eso es algo que me pasa muy seguido y de lo que hasta cierto punto me avergüenzo: me presentan personas que realmente no presto atención al nombre y lo mas probable es que la próxima vez que los vea me los vuelvan a presentar, los saludaré con la misma sonrisa, el apretón de manos que tengo ensayado desde hace mucho que procuro sea firme, mirando a los ojos y con dos o tres sacudidas mientras pronunció un “hola” un “mucho gusto” o un “quiobo”. Un par de veces me han cachado diciéndome, “ya nos conocíamos”, a lo que de manera automática respondo “si, pero tengo pésima memoria”, en tono de broma, con lo cual supongo se arregla el asunto.

Pero la verdad es que me los presentaran una tercera vez y seguiré sin prestarles atención. Cuanta gente perdida que nunca conocí.

“¿Les he comentado que me veo muy bien de traje?”.

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