Día 113.

Me largo al DF, si me alcanza les traigo un souvenir. Les dejo un cuento para que no me extrañen. Es una historia que la verdad no estoy seguro de que significa, pero en algún punto fue muy importante, creo que es uno de los textos mas elaborados que he realicé en esa epoca, hace como tres años, y sin embargo creo que necesita una reescritura completa, sobre todo en el tercer acto, dado que la historia original terminó igual que lo hace este cuento: insatisfactoriamente. Creo que este va a ser deconstruido en los siguientes dias hasta darle la forma que realmente quiero, pero, si no es así, al menos queda como un momento en el tiempo.

Sagitario.

La memoria.

Recorrer sus pasillos siempre es fácil cuando se tienen buenos recuerdos. Los míos son bellos porque son artificiales; auto impuestos con años de sumisión para no dejar que me lleven a la soledad. Cada uno esta adornado con una mano de pintura blanca, seguida de subsecuentes líneas de color elegante, matices diferentes para cada recuerdo; uno rojo para los triunfos, uno azul pálido para los dolores, colores que todos pueden reconocer listos para mostrarle al mundo lo normal de mi existencia. Una bella paleta que me ha ganado un buen lugar, un trabajo bien pagado como arquitecto, amores pasajeros de esos que se presumen ante los amigos, un miedo a la muerte indescifrable y una casa construida con mis ideas. Dicha casa es lo único que me delata; mi punto álgido lleno de adornos que reflejan mi pésimo gusto para decorarla. Al final, siempre me excuso que no soy decorador sino educado para mantener la estructura. Por eso, me encuentro hoy fuera de las paredes de esta vieja escuela primaria observando a los niños salir de clase; disfrutando la promesa de una tarde de libertad y televisión en casa con la comida que preparara su madre, olvidando por una horas la prisión que estoy seguro reconocen dentro de sus corazones; dejando atrás las puertas entreabiertas al horror que viven dentro de las aulas.

Mis aulas, mi escuela.

También fue la de mi padre y la de mi abuelo. Es tan vieja, que seguro más miembros de mi familia han pasado por ella. ¿A eso se reduce todo? ¿A qué la familia es lo más importante en la vida? Quizá por eso me he alejado tanto de la mía. Demasiados quizá que no me habían molestado hasta hace unos meses. Intento encender un cigarrillo antes de sumergirme en los recuerdos pulsantes que me han orillado a llegar aquí. Faltan solo unos minutos antes de que regrese a aprender lo que he olvidado.

Vamos cabroncito, que no tengo todo el día.

La voz de “El chiras” me hace olvidarme de fumar. Siento frío en la nuca y la garganta seca. Dios…no quiero volver a llorar…

Nuevamente tengo seis años cubiertos con un uniforme hecho de un pantalón marino, una camisa de manga larga blanca, zapatos negros que estoy aprendiendo a bolear y un suéter feo asignado por la escuela.

Pero hoy estoy en el uniforme de mi primaria de gobierno; uno mas de las larvas que se arremolinan ante una de las paredes que albañiles acaban de romper para arreglar las tuberías. El edificio hace tiempo fue parte de la iglesia que se encuentra al lado, que a su vez fue un monasterio; todo esta hecho de cantera y sus paredes están llenas en su parte alta de limo y humedad. Con el tiempo, las paredes se han erosionado y requieren mucho mantenimiento. Lugar perfecto para gestar leyendas, estafar párvulos y obligarlos a soltar el almuerzo en el recreo con amenazas nada sutiles.

La favorita de estas leyendas, se refiere a un señor con uñas largas que se pasea en el baño de las niñas con un grupo de bailarinas de ballet. Es la cosa mas estúpida que uno puede imaginar, pero cuando uno es niño se lo cree todo, por que los más grandes son más listos y apoyan con evidencia las historias. De vez en cuando se reparan las paredes, se encuentras cabellos mezclados con el mortero, escarbamos sin encontrar nada mas, siempre atentos a las marcas de los picos, seguros que son las marcas de sus garras con lo alguien puede afirmar con orgullo que pertenece a una niña que desapareció hacia varios meses y que el señor de las uñas largas enterró ahí, mientras sus amigos te sujetan de un brazo diciendo muy serios que de seguro te toca ahora a ti y te arrastran cerca de los baños. Tal vez sea cierto que los niños son crueles por naturaleza, pues se trata de hacer llorar al mocoso y ver como lucha por soltarse.

¿Ya ves? Eres un marica, seguro que te lleva.

Las risas llegan inmediatas para humillar al caído; no le queda más que correr o sentarse, o tratar de no llorar más; cosa que nunca sucede. A veces la amenaza es real porque te llevan hasta el baño, te encierran un par de minutos y el llanto se vuelve un chillido opacado por la puerta. Yo también me río porque no me ha tocado todavía. Morbo infantil acompañado de nerviosismo porque quieres pertenecer, quieres ser el que asusta, no al revés.

El maestro de los sustos infantiles es Eduardo un niño de quinto año; pecoso, güero de rancho con dos reportes: uno por romperle la nariz a otro niño y otro por alzarle la falda a las niñas durante el recreo. Un reporte mas y lo expulsan de la escuela, por eso es cuidadoso con sus maldades. Quiero ser como él, quiero tener un apodo como el suyo. El “Chiras” creo que me tiene cierta estima, porque preparo el escenario para mí.

A la salida de la escuela entre el turno matutino y vespertino, me reta a entrar al baño de las niñas. Sabia que iba a suceder tarde o temprano, por eso varias veces ya lo había hecho por mi cuenta, siempre con el corazón retumbando, con un sudor frió que no entendía, imaginando monstruos esperándome dentro en el interior de las paredes cargadas de olor a orina, pero el efecto disminuía progresivamente con cada intento. Acepto aunque me tiemblan las piernas. Dentro, el “Chiras” y sus amigos habían colgado varias muñecas de las puertas de cada excusado, sin un brazo o sin cabeza, seguros que el efecto fuera suficiente para doblarme rápidamente. No lloro aunque algo me dice que debería hacerlo, pero es mi prueba y quiero pertenecer.

Si lo hubiera hecho…

El ver las muñecas colgadas es ridículo y aunque no lo hago se me nota que quiero reírme. Error que no entiendo en ese momento. El “Chiras” se siente herido de todo el esfuerzo hecho en robarse las muñecas, algo cambia en él y se siente de inmediato; me toma del cuello y me avienta dentro de uno de los cubículos. Caigo dolorosamente mientras una de mis manos se moja en una taza.

– Cálmate, güey.- Dice uno de sus amigos mientras se hace para atrás – nos van a cachar.

El “Chiras” voltea a verlo con la cara roja de furia esperando que le repitan lo que debe de hacer. Sus amigos son cobardes y se van dejándonos solos. Voltea a verme con una sonrisa estúpida y peligrosa. Me levanto lo más rápido que puedo pero es tarde; cierra la puerta del excusado y le pone seguro por fuera.

– A huevo que vas a llorar, cabroncito.

Escucho como sale del baño mientras trato desesperadamente de abrir la puerta. Se ríe bajito mientras me encierra por completo y apaga la luz. Alcanzo a escuchar como chocan sus zapatos contra el suelo de cantera mientras corre dejándome con apenas un poco de luz que se filtra desde alguna ventana pequeña y amarilla.

Alcanzo a gritar que me deje salir antes de sentir que la desesperación me llega rápido chorreándome la piel junto con el agua sucia que tengo en la manga del suéter. Todo se vuelve confuso mientras sigo tratando de abrir la puerta. Trato de subir por ella pero es de metal y soy muy pequeño para alcanzar la parte de arriba resbalo, me tuerzo un tobillo y mi cabeza choca contra el piso. Siento caliente el golpe acompañado de un líquido que brota, me tapa un ojo, se mezcla con lagrimas y mocos; no alcanzo a jalar aire de lo rápido que respiro. Intento salir por debajo de la puerta sabiendo que apenas cabe uno de mis brazos. Todavía puedo pensar un poco, tengo la esperanza que me escuche el conserje o alguien que no se haya ido. Golpeo la puerta con todas mis fuerzas escuchando solo el eco. Solo soy un niño…vivo de promesas de seguridad.

Mis ojos se adaptan y puedo ver mi sombra asustada que poco a poco desaparece mientras se oscurece todo sin motivo. Me estorba el suéter, me asfixia. El olor a orines y excremento se vuelve cada vez mas fuerte tornándose nauseabundo. En lo que me parece una eternidad comienzo a sentir el frío de algo que flota detrás de la puerta; pienso que es falso que tenga las uñas largas, solo se que es largo y suena como una caja de música rota, oxidada. No puedo moverme mientras se encuentra ya a mi lado susurrándome con la voz de mi madre que todo va a estar bien, sintiendo que me recorre todo el cuerpo con su voz helada.

En ese momento comprendo lo que es gritar.

Los últimos niños salen de la escuela, con su suéter rojo con rayas azules. El uniforme sigue sin cambiar después de tantos años. Logro encender el cigarrillo mientras atravieso el umbral lo más lento que me es posible.

Hace poco tiempo me entere de la muerte de Eduardo “El Chiras”, por una nota en el periódico. Al parecer siguió con su vida de la misma manera que cuando era niño hasta que un día lo alcanzó. Desde entonces, me he contactado con gente de la primaria que recuerdan como me encontraron hasta el siguiente día en el baño de las niñas, sentado en el piso con una herida profunda en la frente. Parece que me desmaye, y mis padres se sintieron aliviados de encontrarse a salvo. Curiosamente se olvidaron de pasar por mí ese día al colegio; igualmente el personal de la escuela tuvo junta esa tarde y suspendieron las clases. Una serie de circunstancias que nadie relacionó y a las cuales, decidí enterrar. Me volví la siguiente leyenda. Poco después nos cambiamos de casa a otra zona de la ciudad y no regrese a la escuela donde hoy me encuentro, veintitantos años después, sabiendo que no volveré a salir de aquí.

A todos nos alcanza.

Nunca volví a ver al “Chiras”, pero soy el único que sabe quien es. No lo expulsaron; simplemente dejo de ir, y parece que a nadie le extraño el asunto; ni siquiera a su familia. Solo apareció el cadáver momificado de un niño arrodillado, como si rezara en una de las bancas de la iglesia que está al lado de la escuela. No tenía cabeza.

Mientras camino por sus pasillos, vuelvo a escuchar ese susurro que me dice que no me preocupe. Algún día encontrarán su cabello dentro de alguna de las paredes de mi nuevo hogar.

FIN.

“No le veo mucha utilidad a la corbata”.

 

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