Día 117.

Me fastidia despertar cuando sueño que estoy haciendo una labor pendiente, solo para encontrar que en la vida real todo mi arduo trabajo no existe. En fin. Comencemos de nuevo, que es parte de lo que estoy aprendiendo a hacer en este momento.

Ayer me puse a hacer galletas. Quedaron bastante bien para ser la primera vez, de mantequilla y arándano, receta que encontré que queda bien con una taza de capuchino, veremos si es cierto por la tarde. Salieron 24 galletas grandes, algunas ya se regalaron, otras posiblemente lo haga, dependiendo de que tanto tenga que hacer en la tarde, pero la mayoria son para la familia, pues así fue como las pensé. Creo que he puesto aquí un par de veces que me gusta cocinar de cuando en cuando, es una de mis múltiples pequeñas obsesiones que aparecen y desaparecen constantemente (o mejor dicho, inconstantemente). Entre los platillos que me gusta preparar habitualmente se encuentran pastas, carnes con verduras, un par de sopas cuyas recetas he perdido. Entre los fallos horribles tengo una sopa de gaspacho, empanadas de hojaldre, pollo a la mostaza y un omelette con papa y queso que tenia consistencia de caucho y sabor a caucho. Por cierto que hasta la fecha no me queda a mi gusto la sopa de letras, tengo el poder mutante de aprender a hacer recetas levemente complejas pero las más básicas me presentan secretos inexpugnables.

La cocina es algo que me fascina de la misma manera en que aprendp hacer figuras de papel o aprenderse la letra de una canción: después de que he logrado entender una receta y me gusta su sabor, me doy por bien satisfecho, no tengo intenciones inmediatas de continuar con el asunto, pero, en algún momento la repetiré. O haré otra receta diferente. Realmente no me gustaría cocinar de manera diaria algo elaborado: mi cena habitual consiste en huevos en sus diversas formas, emparedados, Calcetose (que no Chocomilk) o cualquier sobra de la comida. Al menos no practico el autodesprecio de consumir sopas Maruchan; estoy seguro que el diablo tiene acciones en esa empresa, para mí equivale a comerse una bola de plastílina con el mismo valor alimenticio y la misma traza verdosa que va quedando en el tracto digestivo.

¿El porqué practico la cocina? Sencillo. A las mujeres les gusta que les cocinen. Es tan básico como regalar flores o bailar; el placer incidental de realizarlo no tendría sentido si debajo no subyace el deseo de que sea aprobaba nuestro sabor. Curiosamente para muchos hombres la idea de aprender a hacer algo que complazca a alguna mujer parece lo mas marica del mundo, siendo que ya es un axioma el que todos los logros de las civilizaciones se basan en tratar de impresionar chicas, desde la construcción de un lancha con tres tres troncos y una liana para ir a la aventura de encontrar mujeres del otro lado del rio, hasta la construcción de un edificio de cristal y acero lleno de empleados a nuestra disposición las 24 horas del día, siempre está detras la pregunta un poco tímida y ansiosa hacía alguna mujer que nos es importante:

¿Si te gustó?

“Un asunto algo pegajoso”.

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