Día 119.

Siempre que termina un evento importante, el siguiente día es confuso, salen detalles importantes que atender de los que no hubo tiempo de preocuparse en su momento y que sin embargo forman parte integral de los acontecimientos. Como la verdad es que apenas estoy viendo de que lado se agarra la sartén, tendré que dejar un par de cosas para otro momento, pues, como siempre, lo urgente no deja tiempo para lo importante.

El otro día, platicando con una amiga, me preguntó cual seria para mí la peor manera de morir, a lo que sin dudar respondí que por enfermedad. No que la enfermedad en sí sea lo terrible, sino el hecho de que la decadencia poco a poco es una de las cosas que no solo aquejan a quien la padece sino a también a quienes están a su lado. La gente que me conoce sabe que he padecido varias enfermedades mas o menos fuertes, por lo que sé la carga emocional que genera en la familia el estres de querer lograr que se mejore el enfermo con la misma frustración de tener la imposibilidad de hacerlo, solo se puede estar ahí, con una mezcla de frustración, cariño y preocupación constante tratando de mantener la cabeza fría con un zumbido bailando dentro de ella.

Hace ya varios años, tuve un perro que falleció de una enfermedad degenerativa. Se le inflamaba el estomago impidiéndole la respiración, lo cual se ponía ver era increíblemente doloroso para ella. La llevamos al veterinario, la operaron, le aliviaron el dolor, pero la realidad es que ya era vieja, solo se recuperaría parcialmente, siendo solo la sombra de quien era. Nos dijeron que la mejor opción era prepararse para dejarla ir, pero no lo hice. Poco menos de dos semanas después, nuevamente el estomago volvió a inflamársele provocándole una agonía constante, la volvimos a llevar al veterinario, donde nos preguntaron si no preferíamos ayudarla a bien morir en vez de volverla a someter a una intervención. En ese momento tomé una decisión que hasta la fecha me persigue, en donde preferí que la volvieran a operar: no estaba dispuesto a dejarla ir. Vi como le ponían un tubo en el hocico, la subían a la mesa de operaciones donde se me quedaba viendo, pidiendo que la ayudara. Literalmente se orino de miedo. Le pusieron mal la anestesia, así que pudo sentir como le metían un tubo hasta el estomago con la sensación de estar indefensa mientras se ahogaba antes de perder el conocimiento.

Esos fueron sus últimos pensamientos.

La llevamos a casa después de la operación aún con la anestesia encima. Recuerdo que estaba agotado, toda la familia lo estaba, habían sido semanas agotadoras, solo queríamos dormir. De repente entró mi hermana a mi cuarto a decirme que mi perro no estaba respirando bien. Corrí a su lado, a tiempo para que muriera en mis brazos. Intenté masajearle el corazón en un acto de desesperación, pero no, ya se había ido. Todo el cansancio que sentía había desaparecido. Después de todo este tiempo aún no puedo olvidar su mirada en la mesa de operaciones.

No tuve el valor de dejarla ir.

Durante el ultimo mes, uno de mis perros tuvo una infección estomacal. Era la primera vez que se enfermaba, siempre había sido bastante sana, saliamos a caminar todos los días, tenía uno que otro achaque a sus 10 años, pero ninguno que le impidiera llevar una buena vida. la infección se le trató, pero al parecer las medicinas le habían hecho daño pues vomitaba la comida, se cansaba rápido y la respiración comenzó a afectarsele. La llevamos de nueva cuenta al veterinario pues su salud comenzó a deteriorarse rápidamente, sus parpados y su cabeza se inflamaron terriblemente, pero seguía el instinto de sobrevivir fuerte, buscando comer, levantarse a pesar que parecía consumirse con la perdida de peso tan tremenda, se le veía en el mundo. las pruebas de sangre resultaron indeterminadas, con las vacaciones de semana santa, los servicios no funcionaban con agilidad, pero la realidad es que estaba demasiado enferma, posiblemente de cancer. Hace poco mas de una semana fue el último día en que la vi sonreír. La cargué para ayudarla a llegar el ultimo tramo a casa y de repente se soltó: simplemente todo su peso lo dejo caer en mis brazos. Creí que había muerto, lo cual me llenó de confusión. Por un lado no quería aceptarlo, pero por otro estaba tranquilo si así hubiera sido: un final fulminante creo que es a lo mejor que se puede aspirar. Sin embargo no fue así. Llegamos a casa, donde se dirigió a dormir.

Durante la siguiente semana comenzó a mejorar en cuanto a los síntomas, pero su actitud decaía. Dejo de comer, de preocuparse, hasta que hace dos noches comenzó a llorar. La familia nuevamente estaba en crisis, las emociones estaban dominando y el cansancio junto con el silencio comenzaba a ser una constante.

Hace unas semanas platicaba con una señora, quien me decía que nunca quiso comprarles a sus hijas un perro, pues sabía que un día moriría mientras fueran niñas y ese dolor las lastimaría mucho. He tenido perros desde niño y es cierto, es muy duro cuando mueren, pero por nada cambiaría los días que compartimos y las aventuras que viví con ellos. Nadie me ha enseñado más de como ser un buen humano que mis perros. Creo que es algo que todos deberían poder hacer.

Ayer en la tarde, mientras la llevábamos nuevamente al veterinario, me quede un momento a solas en el auto con mi perro: tenía miedo, mucho dolor, le pregunté que es lo quería y recordé que le prometí no dejarla sufrir, aunque la verdad, no quería que fuera mi decisión. La llevé a la clínica, el veterinario me preguntó claramente si dejarla ir es lo que quería, a lo que respondí que si. No es lo que quiero, pero si. Le ayude a tomar una última vez agua, le sostuve la cabeza y estuve con ella mientras le aplicaban un anestésico. Le dije un hasta luego que ocurrirá algún día y esperé con ella mientras dormía.

Hoy es otro día.

Como siempre, el mundo gira sin importarle quien este arriba. Como lo dije al principio, el día siguiente siempre es confuso. Sé que tome un decisión, se que lo hice porque es algo que debía hacerse, no por eso deja de ser menos difícil. De lo único que puedo estar seguro es que con los recuerdos con los que me quedo son las tardes al sol viéndola perseguir gatos, rascándose la espalda en el pasto, saludándome cada mañana e ignorándome cuando quería dormirse.

Pero en este momento, me quedo con esa última sonrisa.

 

“Eso si, nunca creyó en los fabulistas”.

Anuncios