Día 126.

Sigue siendo sábado, sigue siendo de tarde, escuchando a Electric Wizard. Justo mientras escribo esta linea el sol comienza a ocultarse, creando una pequeña sombra sobre todo que se extenderá durante las siguientes horas hasta envolverlo todo.

Compulsivamente continuamos.

¿Que es lo que genera que dejemos de lado el placer para convertirlo en algo que inmediatamente nos daña y podemos sentirlo?

Bueno, depende a quien se le pregunte, las respuestas varían, desde que dejamos de percibir cuando ya estamos satisfechos, como en el caso de la comida, que por comer rápido, no nos damos cuenta que en realidad ya estamos satisfechos, llegando a pasar media hora en lo que se envía la señal del estomago al cerebro; otra explicación es que compensamos una falta emocional con una actividad sensible (física, pues) en un intento de si no llenar esa falta, por lo menos obnubilar (me encanta esa palabra) el sentimiento; otra, que lo que en realidad hacemos es buscar dañarnos, solo que lo hacemos de una manera placentera, lo cual tiene una lógica retorcida y perversa, que me parece muy creíble.

En mi opinión, lo que ocurre es que nos falta fuerza de voluntad.

A pesar de que abusemos de alguna sustancia (sustancia refiriéndose a cualquier cosa que intensifique una sensación), habitualmente no se llega al punto de hartazgo, donde se da esa sensación de nausea por lo que se está consumiendo (aunque ese algo sea parte de nosotros), sino que buscamos la manera de dosificarlo hasta hacerlo lo suficientemente controlable como para no caer en la desesperación para gradualmente irlo aumentando al llegar el inevitable momento en que simplemente ya no nos hace efecto. Creo que a todos nos llega un momento de lucidez donde nos preguntamos si lo que estamos haciendo realmente nos está gustando o si tiene algún sentido. En ese momento nos prometemos controlarnos, utilizamos el trillado “no lo vuelvo a hacer”, para próximamente buscar excusas para volver a hacerlo.

En menos que canta un gallo (tengo entendido son rápidos para eso) hemos caído en el tetraedro irregular del vicio.

Curiosamente algunos de estas compulsiones son perfectamente aceptables y hasta se fomentan en las personas como algo deseable, como ser adicto al trabajo, al deporte, enamoradizo (forma elegante para acostarse con medio mundo), controlador, o coleccionador sin control. Ciertamente ninguna de estas son compulsiones que a primera vista generen un daño, pero vamos, creo que algunas de ellas son mas dañinas que meterse un litro de formol entre pecho y espalda cada tercer día, simplemente no se notan los efectos (todo está en la dosis) hasta que ya se está mas allá del bien y del mal.

¿Y la fuerza de voluntad?

Pues creo que muchas veces nos confunden los conceptos. Cuando se habla de “fuerza de voluntad” tal pareciera que se hablara de algo que tiene un sargento, un karateca o un alcohólico redimido; una especie de habilidad que se gana con sangre y sudor, cuando es todo lo contrario. La fuerza de voluntad es menos un empuje opositor que el permitirse ceder con un respiro para continuar o detenerse.

Y con eso, me retiro a comer, dejando la compulsión de escribir sin descanso.

“No siempre se pueden perseguir conejos blancos”.

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