Día 128.

Me levanto, me pongo el pantalón de ayer, traigo la camiseta con la que dormí, unos fabulosos calcetines beige con tenis verdes, no me he rasurado, apenas me lavo los dientes y me piden que si puedo llevar un almuerzo. Es un viaje rápido de 5 minutos, compró algo también para mí y lo dejo en el auto, regresando lo acompañaré con un café y comenzaré el ritual matutino. Llegando a entregar el almuerzo, me dicen que me espere un minuto, lo que a continuación sucede es:

¡Cita de trabajo sorpresa!

Hay un punto en el que uno sabe que no tiene remedio, como cuando no se trae el cinturón de seguridad puesto, se está parado en un semáforo y un motociclista de transito justo al lado saluda con una sonrisa mientras hace señal que nos orillemos. Pase lo que pase, ya no hay vuelta atrás y se debe trabajar con lo que se tiene. En mi caso es entrar en un despacho espacioso con pisos de madera, mucha luz natural, de buen gusto que igualmente da a entender que en ese lugar no se entra con tenis. Menos si son verdes. Agradecí las pequeñas fortunas de haber dormido lo suficiente y haber dejado de fumar, porque si no, tendría un padre aliento a coladera matutina. De todos modos mientras espero, apago mi celular, arreglo lo mejor posible mi camiseta (afortunadamente no me puse la de Ghost o la de Judas Priest) y me anestesio mentalmente: la primera impresión va a ser muy mala, eso es un hecho, no hay porque revolcarse en eso en este momento.

Desde niño fui educado con la certezas de que como te ven te tratan (en donde sea), y de que mientras estés cómodo en lo que traes puesto, puedes enfocarte en cualquier otra cosa. Es como esa pesadilla recurrente de encontrarse desnudo en un salón de clases, la cual, a mi no me ha ocurrido pues aún en mis sueños simplemente tengo que mirar hacia abajo para darme cuenta que traigo calzoncillos (rojos, interpreten eso, colegas) y continuar con las actividades propias del sueño sin problema. Tengo al menos tres sacos junto con un limitado pero bien seleccionado numero de pantalones de vestir que pueden ser combinados de tal manera que pueden utilizarse en casi cualquier evento social, sea de día o de noche, al igual que el clásico traje de chambelan (bien cortado, por dios, no soy un salvaje) para bautizos y funerales que con una camisa adecuada (las de estilo Mao evitan el uso de corbata, aunque una corbata bien anudada acentúa el conjunto) crean la ilusión de respetabilidad. A eso le agregamos unos zapatos negros formales o los de oficina, unos café casuales o unos extraños zapatos italianos de un marrón rojizo que rara vez utilizo pues cuesta trabajo combinarlos; agregamos unas gotas de loción procurando un antitranspirante neutro y listo: vayamos a la fiesta del embajador de Micronesia.

Pero no. Hoy ni me lave la cara.

La entrevista es corta, claro. Escucho con atención, expongo mi habilidades, experiencia laboral y el puesto que me gustaría ocupar. El licenciado que me atiende esta muy arriba en la cadena alimenticia, es atento pero firme en que su tiempo es demasiado valioso como para andar por las ramas o las excusas. Hace una llamada y me canaliza a una segunda entrevista con un subalterno la proxima semana. Al parecer he sobrevivido. Me da la mano como despedida y como quien no quiere la cosa, me recomienda que vaya mas… presentable a la siguiente cita.

Le agradezco por su tiempo y el consejo. Regreso al auto para encontrar que mi almuerzo se ha estropeado. Mentalmente me agradezco no haber salido a la calle en pantalón de pijama.

“¿Salir sin sombrero de la habitación? ¡Escandaloso!”.

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