Día 130.

Hoy escribiré bastante, que no mucho. Me preparo un café en una cafetera ajena, por lo que olvido ponerle agua al aparato, descubro que no hay agua, así que voy a la tienda a comprar una poca. Vengo pensando el el tema para escribir hoy, ya lo tengo listo. Sin embargo, recuerdo las ciudades ocultas forjadas en los sueños, visité una de ellas anoche y sus habitantes existieron hace unos pocos años, creo que es bueno terminar correctamente el mes, aunque nunca había considerado que fuera necesario.

Un par de veces se me ha mal catalogado como poeta. Nunca he tenido la gracia de escoger las palabras que traigo para sacarlas directamente al aire, quizá por el miedo que se las lleve el viento y no le lleguen nadie. Procurando entonces olvidar las cosas que ya quedaron atrás, las compartiré por un momento con la esperanza que nunca lleguen al otro lado, claro, procurando mentir mucho, que sin las capas de protección solo se consiguen cortes en la piel por acción de los elementos.

Anoche soñé con ella, a quien por varios años le dediqué mis palabras y a quien nunca pude decirle una sola. La vi en un salón de clases en una escuela a la que nunca asistimos, tan solo por un momento. Ella miraba hacia abajo, perdida sobre una libreta en la que grababa lineas que no eran letras. Su rostro era igual al día que la conocí, como siempre lo va a ser, sin embargo, no era la mujer de quien me prendé, tan solo un reflejo sin pupilas, hueca y perdida, al igual que la memoria que no ha tenido el tiempo de convertirse en maravillas. Pensé que era un buen momento de saludarla, pues nos hemos dicho adiós tantas veces que pareciera que fue único que pronunciamos, con ese silbido entre los dientes que deja el estomago vacío, al menos una palabra encima, un momento para recordar esa sonrisa, la vía de los suspiros.

Al recorrer los pasos hacia ella, supe que era una trampa, una traición sin sentido diseñada para alguien mas, pero que con todo gusto podía participar, claro, sin derecho a reclamar, cuando no se tiene invitación a la fiesta no se puede quejar del servicio, aunque este sea el sentir una avispa en el cerebro colocando sus huevecillos mientras anestesia con la posibilidad de una vida compartida. Pienso entonces en todos esos misterios a los que jugamos, ocultando la palabra mas importante, compartiendo objetos en vez de momentos, logrando gracias a la resistencia que nos brindan los fantasmas, no acercarnos, siempre haciendo caso a promesas rotas, esquirladas, tomando el tiempo para no dejarlas salir, mascando vidrio seguros que un día no va a cortarnos por dentro.

De todos modos me acerco.

Se perfectamente que ahora es uno mas de esos instantes transparentes, vestido con la sabana de miles de cigarrillos, uno que otro beso que arrancó lágrimas y parches de colores que se disuelven en recuerdos. No puede ser tocada, pues en ella habitan muchas otras, demasiadas para ser contadas aunque su numero no llega a dos. Agradezco que sea solo un sueño, porque se que ella me ve tan transparente como yo la veo a ella, ambos nos hemos convertido en esa persona que dejó un hueco para resanar.

Ya olvidamos la belleza de nuestro nombre en los labios del otro.

“Y los bailes pendientes”.

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