Día 135.

La eterna lucha por conseguir la chuleta siempre quita tiempo para lo importante. Andar en entrevistas de trabajo resulta tan divertido como mirar una rata todo el día. O como un nido. En vista de que no he tenido mucho tiempo para escribir, un refrito. Creo es el que menos me gusta, ya tiene mucho tiempo de escrito, pero igual sirve como punto de comparación. Al igual que con los anteriores, sin editar.

El primer dia.

Sucede en una estación de policía. Paredes color ocre, que cubren la mayoría de las manchas que en ella se encuentran, hay bastantes grietas en las paredes, algunas muestran marcas de articulaciones violentamente encajadas en ellas. El mobiliario es simple, mesa metálica abollada, un par de sillas bien sujetas al piso de mosaico blanco tipo hospital de asistencia publica, por cierto que las sillas parecen estar hechas para una especie semihumana, que tendría la espalda cóncava unida a piernas de medio metro por mucho. La luz es amarilla, proveniente de un foco cubierto de polvo y caca de mosca. Nada de ventanas o barrotes, eso si, dos puertas, la de entrada al cuarto, enfrente de la de salida a una vida diferente, poco apetecible, donde cholos tatuados fabrican cinturones piteados. Hay un humor a cigarrillo perenne, que intenta cubrir el olor acre y dulzón que espanta y se le retuerce a uno en las narices congestionando las señales de alarma cerebrales.

A nuestro victimario le duele el pecho y tiene un vendaje en la cabeza. Bautizado como Hermenegildo Corona, se encuentra reflexionando la historia que va a contar de un momento a otro. Afina detalles, no quiere que dejen de escuchar toda la verdad cuando por fin entren al cuarto a torturarlo. De eso esta seguro, no hay escape, es la primera vez que se encuentra frente a frente con la ley, con eso le basta para saber el resultado. Bien tiene aprendida la lección.

Supondría, cualquier persona racional que intenta evitar el dolor soltando la sopa desde el inicio, noción baja en verosimilitud. Poquito le complacería más en este momento que un dolor sordo, engañoso y testarudo. Relajante si se quiere esconder uno…

Seamos indiscretos, conozcamos sus sin razones violando su sacrosanta cabecita repasadora:

Hermenegildo recapitula así.

-Mire mi comandante (claro que no es comandante, pero les encanta y se ponen lacios), seré franco con usted.

Desde que me acuerdo, el primer día en que me suceden cosas, cualquier cosa, me va muy mal (Hermenegildo: procura no utilizar muchas palabras fuertes, eso fastidia a los iletrados). No, no crea que me estoy justificando, es solo la realidad. Soy culpable.

Si, si, se que no lo escucha a menudo, por favor, permítame desahogarme un poco que prometo facilitar su labor. Sepa usted que mi oficio es la medicina. Tarde ocho años entre escuela, prácticas, internado, servicio social y  especialidad… pasaron deprisa, con ansia. El servicio ante todo.  Más podrá suponer un caballero como usted que el camino no fue fácil.  Soy doctor en medicina por convicción (eso).  Tengo el título, pero hasta hoy, no he ejercido. Hoy empezaba mi vida en el arte de curar, alejando de las garras de la muerte a los pacientes (imposible que no se la crea: acordarme de poner cara triste)….y sin embargo tenia certeza de que hoy mataría a alguien.

Permítame explicarme. Como le comente hace un momento, tengo una maldición. ¿De donde la saque? Pues desde siempre viera, el primer día que me llevaron al kinder me juro mi papá que me llevaba al parque, ahí todo emocionado para que me dejen en una  escuela a las ocho de la mañana sin la menor idea de pasaba, claro a todos les pasa algo similar, pero le aseguro no le toca una maestra con ocho lustros y taquicardias. Imagínese tener cinco años de edad viendo a una vieja convulsionarse, sin tener idea de lo que es una maestra. (pausa) ¿Me regala un cigarrillo? (si es buen momento para pedirlo, todavía sin entrar a detalles)(aquél gordo me va a dar un cigarrillo, seguro) Gracias.

Ese episodio me trajo muchas bonitas pesadillas, por lo menos hasta pocos años después que aprendí a leer. El primer libro que agarre se llamaba “Aquí vive el Terror” o algo así, tenia una mosca dibujada en la tapa, que le daba un aire de misterio. Me lo recomendó mucho mi hermano mayor, creo que hasta lo puso al lado de mi cama. No le diré de qué trata comandante, solo basta decir que hasta los doce no podía dormir con la luz apagada.

Ha, de ahí pasamos a la secundaria…si, época de amigos y autodescubrimiento….y apodos. Claro me hacían burla desde antes por mi nombre, años después supe que me lo habían puesto por Hermenegildo Galeana… ¿qué razones tuvieron mis padres? es un misterio que nunca resolví mientras estuvieron vivos.

Pero volviendo, mi apodo me lo impuso la niña más bonita de la clase, durante la primera tardeada escolar. Claro que me gustaba, obvio, estaba flaca con pecas, una chulada, popular, ese día parecía princesa, Rubí se llamaba (una larga fumada al cigarro).

La vi sola mientras yo entraba al baño, se me aceleraba el corazón con las posibilidades. Salí y antes de arrepentirme decidí sacarla a bailar, me le acerque nervioso, la toque en el hombro. En ese momento, sucedió el horror. Ella giro muy rápido, tirándome el refresco que traía en la mano. Cuando volteo por reflejo hacia abajo, noto dos cosas: que me había olvidado de cerrarme el cierre, y lo que se podría llamar mi primera erección publica. Lo que ocurrió a continuación es tema de innumerables conversaciones a través de los años.

Ella me miro, con una mueca horrible. Lo único que dijo fue “se te mancho el pantalón”, mientras daba media vuelta. Al siguiente día medio salón se reía de las anécdotas. Tratando de aminorar el efecto, mis amigos me empezaron a llamar “el manchitas”. Como se podrá imaginar por su sonrisa, a esos imbéciles no se les ocurrió que el apodo me perseguiría de por vida, con un significado completamente diferente. Seguí virgen hasta los veintitantos (espera a que se acabe de reír).

No señor, no fue eso por lo que la mate. Por malo que sea, no se justifica. Déjeme contarle más.  Si la vida da cada tumbo que no se imagina. Para cuando cursaba la universidad, ya había notado el patrón. Cada cosa nueva en la vida me traía una desgracia. En mi primera borrachera desperté  a medio camino a Sonora, en un tren de carga lleno de vagabundos. Tarde una semana en regresar a casa. Inmediatamente mis padres me mandaron a rehabilitar, posteriormente me desheredaron.

¿Que cómo fue mi primera experiencia? Bueno, nunca fui muy bueno con las mujeres, sabia que para cuando por fin sucediera, el diablo se me aparecería con una nueva idea para mejorarme. La conocí en una fiesta de la facultad. A pesar de mi experiencia pasada con el alcohol, debí haberle dicho algo que le gustara, porque  acabé de nueva cuenta en un tren al norte y  desperté abrazándola. La aventura era increíble, a pesar de no tener memoria de lo que había pasado. Los vagabundos ya no me daban miedo.

¿Suena bien no? Lástima que lo primero que me dijo es que le debía mil pesos y el viaje de regreso. Por curiosidad le pregunte si le había gustado, (seguro que aquí empiezo a llorar)…

Disculpe, es un recuerdo doloroso. Sobre todo por que me aventé del tren en mi primer intento de suicidio. Claro, salio tan mal como podría esperarse….no, no quiero entrar en detalles. Pero fue el momento en que decidí mi especialidad. Proctología.

Si. Efectivamente pague los mil pesos y mucho tiempo en volver a caminar con normalidad.

No quiero aburrirlo, ya tuvo suficiente de mi vida. Creo ya entenderá perfectamente lo que sucedió el día de hoy.

No dormí en toda la noche esperando. Seguramente este seria el golpe maestro del destino. Éste me había perdonado la noche de bodas, mi cumpleaños del primer cuarto de siglo… y no se había manchado con mi primer día manejando. Seguro que esperaba el momento justo para dejarme caer el cielo encima (¡eso! Darle dramatismo, que se interese).

Ya contaba con contrato firmado, para empezar dentro de una semana.

Me llamaron ayer para decirme que me necesitaban, el doctor de base tuvo una taquicardia fulminante, me necesitaban al día siguiente a la una de la tarde. Sí, en jueves santo. Más claro imposible. Este era el día que me las cobrarían todas juntas. Al menos ya pasó la peor parte.

Comandante, sé que está grabando todo esto, que tiene una cruda horrible, así que no le haré perder mar es tiempo.

Me levanté con la firme idea de terminar con mi vida.

Por una vez, aunque la única, no dejaría que me controlaran. Completamente seguro que cometería un error tan grave, que mataría a mi primer paciente, probablemente de una manera tan estúpida que terminaría con mi carrera recién iniciada ¡Ni madres que lo iba a permitir! (Esta frase sí la puedo decir aquí).

Disculpe, me exalté un poco, por favor regáleme otro cigarrillo (miraré al techo y de seguro en poco tiempo acabaré decorando alguna de estas paredes).

El método me resultaba complicado, quería simular un accidente, aunque fuera dejarle un buen recuerdo a mis seres queridos, porque todavía no tengo seguro de vida. Venenos o caídas no resultaban factibles, todavía no cuento con horno en mi departamento. La mejor opción era el auto. Manejar hasta las vías del tren, cruzar en el momento justo, apagar el carro a media vía…sangriento claro, terminaría en los periódicos con fotos y letras rojas, pero al menos todos sabrían que fue accidental. No faltara el que diga que fue una estupidez, pero nunca lo dirían enfrente de la Señora “viuda” de Corona.

Claro, las cosas no sucedieron así…

Hoy, antes de levantarme le hice el amor a mi esposa. Un golazo realmente. Mientras me bañaba me preparó el desayuno, me deseo buena suerte en mi primer trabajo como médico. No le importaba que me pasara todo el día mirando culos ajenos. Era el final perfecto. Baje al estacionamiento, encendí el auto y  puse reversa.

Sí comandante, efectivamente se llamaba Rubí. Sí, la misma. Seguía pecosa, delgada, con aire de princesa. Claro que se acordaba de la secundaria, no le voy a decir que cayó a mis pies rápidamente. Pero sabe, ser doctor siempre ayuda. Ella apenas terminó a la preparatoria: se sacó la lotería conmigo.

(Ya debe de estar sospechado que la historia no cuadra, como demonios podría).

Le decía.

Puse reversa y Rubí se atravesó. Salió a darme el almuerzo. Sentí un frió intenso en la espalda. Ni siquiera supo lo que le pegó, no alcanzó a gritar.

Todavía tenía pulso aunque débil, se notaba que le había partido la columna en dos, me miraba fijamente, aunque de seguro no sabía que estaba ahí. Las opciones eran simples, la llevaba a un hospital antes que se desangrara, le salvarían la vida, quedando inválida. O… podía dejarla morir, lo cual de todos modos me traería aquí. De nueva cuenta el destino me habia jodido.

(Soltar humo del cigarro de manera despótica, que piense que soy un mentiroso egoísta, ya le debe estar hirviendo la sangre).

La subí rapidamente al auto, aceleré a fondo, pensando en salvarla, completamente seguro que no llegaría al hospital. Efectivamente, poco antes de llegar, dejo de respirar dardo estertores, quedando sólo sus ojos lejanos que me miraban como un pez muerto (debo de decir todo esto sin soltar lágrimas).

De lo demás me acuerdo apenas, seguro que choqué en un semáforo. Sigo vivo porque por pendejo me puse el cinturón de seguridad, y claro, porque todavía no se termina el día.

Eso es todo comandante, soy un asesino, merezco lo que venga. (Seguro que ahora me dan una putiza, me dirán que fue intencional, esperemos se les pase la mano y de una vez acaben con todo, como lo tenía planeado, si ya los escucho murmurar tras la puerta, entre mas rápido mejor).

Salgamos de su cerebro.  Vayamos detrás de la puerta. Encontramos una conversación muy distinta de lo que nuestro victimario espera que suceda. Un oficial y el Comandante pronostican el destino de Hermenegildo, el reloj marca las tres de la tarde.

– ¿Cómo ve mi capi? ¿Le fue remal al bato no?

– Pssss…..a güevo que andaba borracho…. ¿cómo más se estrella uno contra el tren? En mala hora se murió su vieja, yo creo que ni sabe, y no voy a ser yo quien se lo diga. Una lástima de veras. Le va a salir caro el chistecito.

– ¿Lo trasladamos a la grande de una vez?

– Déjalo para el domingo que ya le quiero caer.

– Malo pal bato, que se ve finoles….Ya sabes como se ponen jariosos los reos en estas fechas…

 
“Ella tambien se llama Rubi”.
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