Día 149.

Después de un Subway con aderezo de vino tinto y un chocolate caliente, todo es mejor. Creo que es de las primeras veces que se me antoja un cigarrillo, un Camel azul estaría óptimo… pero ya no aguanto el aroma y posiblemente vomitaría. Lo cambio por una siesta de media hora…

…y despierto para darme cuenta que casi me he dormido una semana. Ups. Bueno, me quede en que me gusta que los extraterrestres hagan gritar a la gente.

Algo que también me fascinaba del X-COM, era la ambientación. La poca música que llevaba sonaba ominosa, como si el desastre estuviera siempre a la vuelta de la esquina, lo cual era habitualmente cierto, tomando en cuenta que es de los últimos juegos que recuerdo en que si no se salvaba la partida constantemente, en un par de turnos podía convertirse en una pesadilla en que todo el escuadrón resultaba asesinado. Buenos tiempos. Por cierto que tenia la opción de subirle mucho el nivel de dificultad, cosa que alguna vez intenté antes de chillar como niña que se ha perdido en el zoologico. Era joven, impetuoso e inexperto, ciertamente no sabía lo que hacia.

Poco tiempo después conseguí la segunda parte del juego, llamada X-COM: Terror from the deep, que contra todo lo que se pudiera decir que las segundas partes no son buenas, en esto, esa afirmación es una falacia. En si, es como si se tomara el primer juego, se le pusieran colores nuevos, enemigos nuevos y se situara debajo del mar, lo cual en este caso, es la mejor decisión que se pudiera haber tomado. Los personajes ahora llevaban trajes de buzos, torpedos y peleaban con extraterrestes con escamas y cara de caballitos de mar.

Y le subieron la dificultad.

La verdad es que cuando los jugué ambos la primera vez, no note demasiado el cambio de dificultad hasta haber avanzado bastante en el segundo, donde salían unos hombres-cangrejo casi inmunes a las balas, a los explosivos y que simplemente avanzaban hacia mis soldados, les daban uno o dos mordidas con sus pinzas y fin. Situación bastante desesperante cuando atacar una base enemiga significaba pasar un nivel donde salían unas medusas gigantes de la oscuridad del océano y cuyo movimiento me provocaba escalofríos… para posteriormente entrar a un subnivel lleno de hombres cangrejo. La labor podía llevar al menos una hora, con mala suerte toda la tarde.

En retrospectiva, no suena muy divertido pasar horas tratando de evitar ser muerto en cualquier momento o ser controlado mentalmente para matar a tus propios compañeros, pero, tenia otro detalle que no he contado.

Cthulhu.

Al parecer los creadores del juego no tenían la licencia para utilizar los personajes de Lovecraft en el juego, y sin embargo ahí estaban: cerebros flotantes, humanoides con rostros de pez, sirvientes de las profundidades. La última misión significaba adentrarse en la ciudad sumergida de R’lyeh, pero con otro supernombre : T’leth.

Cosas de licencia.

En fin, el enemigo final es Cthulhu, pero, en un giro interesante, está dormido. Uno encuentra su sarcófago donde descansa, lo destruye y termina el juego, lo cual es una lastima, pues siempre he querido ver un buen juego donde salga.

De ahí el juego derivo en secuelas bastante malas, ninguna que le llegue siquiera a los talones de los dos primeros. Afortunadamente, se está realizando un remake profesional del primero, al cual planeo dedicar buena parte de septiembre, cuando salga.

Quizá nunca juegue Diablo III, pero, ¿pelear contra extraterrestres que impregnan a tus soldados con huevecillos y te obligan a luchar contra ellos?

Suena a mi clase de juego.

 

“Así serán buenos, péguenle despierto a ver si muy bravos”.

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