Día 158.

La señora Sarah Lee hace unos pays de limón re-buenos. Habitualmente no me gustan los sabores dulces, pero un buen pay es casi tan bueno como nalga de princesa. Casi.

Llegamos a la penúltima parte de esta serie dedicada al porno.

La industria pornográfica (que si, tal cual es una industria, no un caserón oscuro en un callejón) tiene la fama de ser una de las estables e inmune a las crisis económicas. Quizá eso sea una exageración, pero no por mucho, pues, a pesar que se mueve en un mercado bastante gris de lo que suele llamarse “el mercado de carne” (y si no lo llaman así, deberían) en donde las compañías aparecen y desaparecen rápidamente, las cantidades de dinero que mueven son para provocar mareo. Igualmente es muy conocido que la creación de las videocaseteras, las cámaras caseras y la mega-expansión del Internet están íntimamente ligadas en las inversiones de dichas cantidades de dinero en mejorar la tecnología, no solo en la transmisión de datos, sino también en la seguridad de las transacciones electrónicas (no tiene caso vender un producto si la gente no confía en la manera de pagarlo) y en la seguridad para evitar que los menores de edad la consuman o sean consumidos por ella (no lo hacen por buena onda, el romper leyes evita más ganancias).

La pregunta que se hace mucha gente es ¿porqué pagar por algo que se consigue gratis? ¿como es posible que genere tanto dinero una industria que todo mundo niega consumir?

Bueno, en primera, mas o menos el 80% de los hombres la consumen, así como el 50% de las mujeres (¡sorpresa!), el asunto es que como con los zapatos, no elegimos los mismos.

El gusto se rompe en géneros y las compañías lo saben. Cuando se habla de pornografía, inmediatamente se remite a la imagen de una sex shop llena con imágenes explicitas, humo de cigarro, focos rojos y pervertidos escondidos detrás de gabardinas, pero la esa imagen tiene demasiado que no es necesaria mas que para los costumbristas. Ahora la mayoría existe en la comodidad de cada computadora personal, lo venden en los puestos de revistas o se encarga por correo; el estigma de que es una actividad “mala”, degradante y que genera violencia sexual, a ido poco a poco diluyéndose ante la falta de evidencias junto con el conocimiento de que quienes han propagado tales ideas son las diversas iglesias, los moralistas y en general cualquiera cuyo interes es sentirse superior a su vecino.

Hace tiempo visité Amsterdam, lugar creado específicamente como un Disneylandia para adultos, pues, toda la zona cercana a la estación del tren, y me refiero a unos 2 kilometros a la redonda, estaba compuesto de esta manera: coffe shop, hotel, sex shop y ventana con prostitutas. En las paradas de autobuses había letreros grandes en la que solicitaban modelos. Al principio creí que se referían a modelos de pasarela o para publicidad, pero no, pronto entendí que esos letreros donde se ofrecían sueldos buenos y seguridad social, eran para una de tantas compañías de pornografía holandesas. Me pareció una de las cosas mas bizarras que encontré por allá, sobre todo tomando en cuenta la sórdida naturaleza del asunto en otras partes del mundo, incluyendo nuestro país con sus vídeos grabados sin permiso en moteles y sus horribles revistas de fotonovelas mezclados con los comics de traileros y albañiles.

Por eso no avanza el país.

“Lo mejor está en la esquina inferior izquierda”.

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