Día 178.

¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No terminarán ambos en un hoyo? Hoy divagaré un poco del escritor a quien nuestro más mejor presidente llamó Jose Luis Borgues.

Datos rápidos: argentino, siglo XX antes y durante los hippies, conoció a su país como potencia mundial, queda ciego a los 50 años, muere en 1986 a los 86. “Enciclopedia humana”, es como lo describía un profesor que tuve.

El primer libro que tuve de Borges lo robé de una biblioteca en mi adolescencia. Se llamaba “Manual de Zoología fantástica”, ilustrado por Toledo. Es un compendio de leyendas de monstruos y quimeras de diversas épocas y geografías, algunas de ellas de un par de párrafos, otras apenas unas líneas. En la primera leída me decepcioné. Acostumbrado a las monografías pre-cocidas de libros de Reader’s Digest y revistas de ficción, el producto me resultó sabor melón. Años después ya con un poco de autentica educación me leí El Aleph.

Ay güey.

Borges no es un escritor al que se le puede hincar el diente en la primera mordida. Requiere tanto un calentamiento previo, como gusto por los sabores complejos, tendiendo a lo oriental.. Hay autores que se disfrutan mejor en una biblioteca con acceso a clásicos griegos, latinos, sacros y un buen diccionario, afortunadamente el internet suple horas de búsqueda para encontrar esa minucia que enlaza las distancias solo existentes en nuestro cerebro, pues un buen escritor sabe justificar cada enunciado. Entre los que me botan inmediatamente está Dante, Milton, Joyce; Borges no cae casi en dicha categoría porque explica todo en su mismo contexto, o sí no, lo inventa con detalles suficientemente verosímiles para crear el espejismo.

Sus cuentos no dejan huecos, vienen sellados en un profundo conocimiento técnico que no estorba los matices de la historia. Entre mis favoritos se encuentra La casa de Asterión, donde argumenta la locura provocada por su soledad del Minotauro perdido en su laberinto.

Hasta la sinopsis resulta complicada.

Borges narra a pinceladas profundas con una paleta brillante que le da a cada relato la apariencia de pertenecer a un universo enorme e interconectado, a pesar que sus cuentos solo comparten temas complejos engarzados por su propia matemática. Sus temas son a primera vista eventos aislados, sus personajes seres comunes en un plano común, imperfecciones repentinamente asaltadas por un misticismo que han intuido siempre: un espía chino que encuentra un laberinto fabricado por un antepasado, convirtiéndose en uno más de sus pasillos; un soldado que muere dos o tres veces en diferentes guerras buscando la redención a su cobardía; las más grandes mentes de la antigüedad reducidas a la barbarie al beber las aguas que brindan inmortalidad. Por otro lado, escribe tertulias, bailes, historias de la pampa, donde los hombres forjan su nombre a punta de cuchilladas. Martín Fierro es de los pocos personajes que repiten su aparición, aunque sea en forma de recuerdo, un gaucho forajido que a hierro mata y muere, encontrando esta con la mirada al sol y un puñal en la barriga. El único final válido para su seca piel de páramo.

Continua en el siguiente post.

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“Ojalá Martita ya me tenga mi tecito de toloache:”

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