Día 191.

Escribiendo con mucho ruido periférico. Alguien está construyendo algo, escucho un rotomartillo y martillazos normales. Pongo algodón en mis oídos, cierro la puerta y se reduce lo suficiente.

Es lo interesante de crear algo, por mucho que se intente evitar, siempre se termina haciendo ruido.

Séptima parte.

Uno de mis problemas principales y que me prometí arreglar durante este año es que suelo dejar las cosas inconclusas. Las causas no son importantes pero si las consecuencias. El dejar este proyecto a medias me genera muchisimo estrés  no tanto por lo que es, sino por lo que representa. Despierto rápido, sigue siendo de tarde. Arranco de la caja las separaciones mal hechas que están pegadas solo con pegamento y voy a buscar otro carpintero. Pregunto, nadie está seguro donde hay alguno pero me recomiendan que vaya por el auditorio municipal. En cosa de unos minutos encuentro  en una de las calles principales, en un pequeño taller, al parecer no tiene mucho trabajo en este momento pero estoy dispuesto a aceptar que puede tardar varios días en entregar el trabajo. Lo atiende un carpintero que no pasa de los veinticinco  Le muestro la caja, le explico lo que necesito y lo que no, le llevo unas cajitas de muestra y espero el veredicto. Pongo énfasis en que necesito que sean muy delgadas.

“Te cobro 30 pesos y te los tengo en 20 minutos”.

No le creo.

Le pregunto de que madera va a usar. Me la muestra, es una tipo de aglomerado muy comprimido, bonito y resistente de pocos milimetros de espesor. Le digo que esta bien, pero que también necesito que me refuerce el fondo del cajón.

“Si, no hay problema” Responde.

Y cumple.

El trabajo le queda excelente.

En vez de ponerle un refuerzo, le pone clavos muy delgados a la caja en las orillas y en los nuevas separaciones con lo que queda perfecta. Me dice que si requiero que le haga mas separaciones se las traiga, pues entiende que es para un juego de mesa y llevan muchas piezas adicionales. No me cobra nada extra por los clavos.

Es mi héroe.

Voy a una papelería grande y compro cincuenta hojas de cartulina opalina, un nuevo lápiz adhesivo pequeño y un nuevo cutter mas grande. Si las cosas no funcionaban antes, hay que cambiar de estrategia. Regreso a casa de buen humor, busco una versión vieja del photoshop para ya no utilizar la que está en linea esperando no me haga imposiblemente lenta mi computadora y encuentro en su lugar una versión ligera compatible con mi maquina.

Funciona de maravilla.

Aprovecho que las cosas están saliendo bien. Procuro no pensar que la parte pesada está a penas por iniciar. Paso literalmente toda la noche haciendo los diseños de las cajitas, probando configuraciones hasta que logro hacer un diseño que me gusta, pero mas importante, un método para hacerlas en serie de manera consistente. Obviamente hay muchos errores, pero logro entrar en estado de flujo y al igual que con la manera que escribo, continuo haciéndolo de corrido, editando después. El arte siempre se encuentra en el borrar, no el armar.

Todavía falta mucho, pero me ya me siento mas humano.

Gastos anteriores: $145. Materiales nuevos y carpintero: $150.

Van $395 gastados.

Sin embargo, aún falta un golpe que casi termina con el proyecto.

“Oye Jesus, esos ácidos me hacen ver que tu cabeza brilla”.

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