Día 194.

Bien, ya se acabo.

Escribo estas lineas después de que han cerrado las casillas electorales y antes que comiencen a salir los resultados preliminares, el resultado es lo de menos.

Durante toda la campaña que se desató este año, me he mantenido alejado de escribir al respecto, a pesar de que este es un espacio personal, la idea de agregar ruido a una discusión sin sentido me resultaba espantosa. La gente que me conoce sabe que procuro no hablar de política nacional, algunos creen que es porque pertenezco a un partido, otros que no me informo y a la mayoría que me importa un comino el destino del país.

La razón real es que he participado en suficientes discusiones al respecto como para creer en la ilusión de que mi opinión es importante.

Siempre ocurre lo mismo cada ciclo: comienzan las campañas, la gente se polariza, para algunos esto significa tener cuidado con lo que se dice y para otros una cruzada personal para llevar su verdad a los demás. Terminado este trance, la vida poco a poco vuelve a la normalidad, todos vuelven a desinteresarse en el asunto, con la plena confianza de que ganaron y las cosas van a ser maravillosas, o, que perdieron porque la gente es estúpida o cobarde. En ambos casos el activismo deja de ser importante.

Bajo esos preceptos daré mi opinión sin importancia.

La gente realmente es estúpida, pero no por las razones que se esgrimen, simplemente nuestra naturaleza como seres humanos es así: entre más gente se encuentra reunida, se reduce drásticamente la capacidad de raciocinio; los individuos son listos, las masas, no. La democracia como tal, es una idea antiquísima que nunca ha funcionado correctamente por el simple hecho de que lo ideal confrontado con lo real no corresponde. Originalmente, la idea del pueblo al poder, tiene que ver con evitar que una sola persona o grupo domine a su voluntad sin una balanza, mas nunca que toda la población decidiera que persona o grupo fuera a gobernar. A través de la historia se han hecho muchas versiones diferentes de este sistema, comenzando con el senado romano, la creación de testaferros de los lideres, el parlamento ingles como contraparte de la realeza, la iglesia como estado, el estado como iglesia, la iglesia como estado, el socialismo marxista,  en fin, toda una sarta de buenas intenciones que en la realidad a veces funcionan, a veces no. La versión que desde hace casi dos siglos manejamos no ha variado mucho aquí en México: el que llega al poder impone sus reglas.

No creo que exista un pueblo mas humano en todo el mundo que el mexicano, tomando en cuenta que el ser humano es supersticioso, manipulable y egocentrista.

Desde siempre nunca se ha buscado el bien común, sino una mezcla visceral de excelentes ideas junto contra una venganza contra enemigos sin nombre. Nos afiliamos a uno u otro sector simpatizante de una idea, no con la intención de mejorar sino de que personalmente nos convenga a nuestros intereses. Vemos en un candidato no a un ser humano sino a un símbolo abstracto de todos nuestros anhelos o miedos… el problema es que dichos símbolos son todos diferentes de persona a persona. Cada quien ve lo que quiere ver, sin importarle lo que ven los demás.

Cada nueva elección, se desatan pasiones mezcladas con frustraciones en forma de injurias, alabanzas, profecías y amenazas, con la seguridad de que las cosas van a ser magicamente transformadas, que todo lo “malo” (totalmente subjetivo) será arreglado. No hemos mejorado como ciudadanos desde que eramos niños y se nos entregaba un regalo enviado por los reyes magos, esperando que adentro esté lleno de lo que pedimos.

Que, habitualmente no es lo que necesitamos.

Y en cada ciclo, se repite la misma historia sin importar quien esté en el poder: es el culpable de todo lo que nos pasa, porque, para nosotros como simples mortales, es omnipotente, lleno de dinero, poder e ideas perfectas, porque, por ese fue elegido ¿no? Debe de tener todas las respuestas pero no las hace, por tanto debe ser un maldito. Al igual que ese niño con su regalo, somos caprichosos, comparamos lo que tenemos con lo que tienen los demás con la misma lógica de que los que tienen algo que no nos gusta, son pobres o idiotas, mientras se desea los regalos ajenos que si nos gustan, considerar si hicimos algo para merecerlo, como portarnos bien o hacer nuestas tareas. En este caso, el informarnos constantemente y dedicar tiempo a arreglar lo que podemos arreglar.

¿Hay maneras de cambiar esos ciclos? Muchas, pero nunca les ponemos atención mientras no sean tiempos electorales, eso siempre lo ha sabido la clase dominante, el pan y circo es tan antiguo como el ejercicio del poder. Nuestro sistema está corrupto porque nunca pensamos a futuro mas que cuando ya no se tiene otra opción. Ponemos el grito en el cielo sin siquiera escuchar cuando se hacen propuestas como cambiar el sistema parlamentario, de justicia, electoral, laboral, ejidatario, sindical, porque, como buenos niños, no somos capaces de mantener la atención por mucho tiempo y nos asustan los problemas adultos, esos que requieren trabajar mucho. Queremos que a quien le dijimos que lo hiciera lo haga o soltamos una rabieta. Queremos que nuestros derechos sean respetados pero sin importarnos el del vecino porque nos cae mal. Queremos pertenecer al primer mundo sin siquiera considerar que eso significa sacrificar algo para lograrlo, como actualizarnos constantemente o estudiar mas horas al día.Queremos, queremos y queremos.

¿Que espero que ocurra el día de mañana?

Mas rabietas.

Pero en realidad, estoy convencido de que gane quien gane, las cosas no van a cambiar porque no queremos hacerlo, solo nos encanta gritar que si. Después de todo, seguimos siendo ese niño caprichudo, egoísta e irresponsable.

Pero sobre todo, infinitamente humano.

“La solución es un lider no-humano”.

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