Día 213.

Esto de ser buitre de uno mismo no esta nada mal. De repente tiene lógica porqué la mayoria de los escritores exageran las cosas que escriben: porque así se pueden esconder realidad simples bajo un velo de ficción complicada. Simplemente no se puede saber cual es cual, ni siquiera quien escribe lo sabe despues que ha terminado.

Segunda parte, comenzando justo en la ultima palabra de ayer.

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No importa, seguro encontraré en el centro de la ciudad quien me lo reselle. Después de todo es solo una marca ¿que tan difícil puede ser? Mientras tanto, paso la tarde papaloteando en compañía de una amiga local quien ha aceptado pasar la noche conmigo.

Llueve fuerte toda la tarde, lo que nos obliga a refugiarnos en el metro junto con multitudes malhumoradas que lo único que quieren es llegar a sus casas. Cuando por fin termina, me doy cuenta que el agradable hotel donde pensaba pernocatar no tiene cupo, y pronto se hará de noche; afortunadamente una llamada telefonica a un viajero frecuente a este lugar, me sugiere un hotel a pocas estaciones, en la Doctores, que al parecer, es económico. En el trayecto, pasamos sin darnos cuenta por enfrente de un salón de eventos donde un grupo de hiphoperos espera para entrar. Un tipo enorme con la cara tatuada, cuyas cejas son literalmente palabras pintadas, quiere obligarme a comprarle una paleta para mi acompañante. A base de astucia, el saludo que aprendí en la película «Sangre por sangre» y hacerle sentir lastima, intento convencerlo que mejor me diga en donde está el hotel, porque estamos cansados y con la ropa empapada. La estrategia funciona, contra todo lo que pudiera pensarse por su aspecto, amablemente nos indica por donde ir.

Definitivamente soy un campeón.

Desafortunadamente, la emoción dura poco al darnos cuenta que el hotel al que nos dirigimos es poco mas que un motelucho de paso. La primera señal es un drogadicto que parece lo han arrollado un par de veces, rondando el basurero del lugar, la segunda, que el dependiente nos pregunta si queremos la habitación para toda la noche o por una hora.

150 por toda la noche. Una ganga.

La habitación huele a orina, el televisor automáticamente sintoniza un canal porno cada que se prende, no importando en que canal se encontrara antes y se escucha durante toda la noche a parejas (creo que son parejas) en las habitaciones vecinas follando, alternadamente desde medianoche hasta al amanecer. Cerca de las cuatro de la mañana alguien  pudoroso, por lo que decide poner música banda a todo volumen para tapar los gemidos.

Bueno, al menos estoy sacando material para escribir, casi me siento un maldito beatnik.

Dormimos hasta el mediodia, cuando salimos de la habitación, descubro que el drogadicto de el día anterior es huesped del lugar. Esto de los submundos urbanos tiene una mística predecible.

Me despido de mi amiga que dudo vuelva a acompañarme, pues me informa que ronco como un gordo bien cebado y sudoroso, por lo que hago planes para visitar lugares menos transgresores todo el día. Pero, antes debo de ir a buscar quien me reselle la credencial. Recuerdo que en Donceles hay quienes venden desde facturas hasta títulos de maestría falsos, seguro que no encontraré sin problema quien tenga con qué ponerle una marca. Supongo me cobrarán veinte pesos.

Claro, y dan un pony de regalo en cada transacción.

“Lo llamaré…. Centella”.

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