Día 214.

Como comentaba, este relato tiene que ver con un viaje que realizaré en un par de semanas por el sur del país. Prometo traer historias de esas tierras lejanas. Con un poco de suerte pelearé con un jaguar… a mano limpia, obviamente. No veo sentido en una conducta tan antideportiva como no lavarse las manos.

Tercera parte, también justo donde terminó ayer.

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Como es domingo, encuentro pocos lugares abiertos, en varios me informan que con todo gusto me hacen el resello… si me espero al día siguiente. El mas económico me cobrá 10 pesos, el mas caro 50. Lamentablemente tengo un trabajo fuera de este mundo idílico de corrupción que me espera: necesito regresar por la noche. Sigo caminando hasta que un anciano me dirige a la entrada de una casa, en donde soy recibido por un sujeto joven de camiseta negra y el peor peinado que he visto en mi vida, quien (parafraseando) me informa «simón valedor, te la tengo en un minuto, te sale en un treinta, pásale, nomas atiendo a este vato»

Perfecto. Entramos junto con «el vato» a la casa, que resulta enorme por dentro, pero cada pasillo que pasamos está mas deteriorado que el anterior, algunas paredes no han conocido la pintura, las ventanas están tapadas y mugrosas. No se de donde salen, pero tengo a un par de tipos detrás de mi que huelen cabronsisimo a mariguana, pero en lo mas mínimo actitud buena onda. En menos de dos minutos acabo de meterme estúpidamente en una situación de riesgo, objetivo logrado, lástima que ya lo había olvidado.

Afortunadamente, los tipos saludan a mi guia, se meten a un cuarto al fondo mientras nosotros entramos a un pequeño taller. Respiro aliviado al ver un par de computadoras e impresoras enormes en donde se genera la magia de los documentos falsificados, al igual que una prensa antigua. El cliente delante de mi pide unos documentos fraudulentos de cambio de propietario de casa con la completa naturalidad de un cliente frecuente.

– Me voy a tardar unos quince minutos, hermanito – me dice el tipo del peinado horrible a quien le entrego mi credencial falsa – aguántame afuera si gustas -. Me parece una petición razonable (tomando en cuenta que quiero largarme lo mas pronto posible de ahí), por lo que salgo a la calle a esperar.

Los quince minutos se transforman en una hora. En hora y media. Entro de nuevo, recordando que la última vez que me llamaron «hermanito» alguien me dió un golpe, alejo el recuerdo lo mejor que puedo. El falsificador me pide disculpas con una sonrisa, le ha tomado mas tiempo de lo esperado. Me doy cuenta que los tipos de hace un rato, son sus chalanes, se encuentran completamente drogados manejando las computadoras. Uno de ellos, con el cabello decolorado que hace sobresaltar su cara morena y barrosa, parece que va caerse en cualquier momento. Le digo que si no me la tiene en veinte minutos con la pena, tendre que irme. Me asegura que en cinco minutos me la tiene.

La parte interesante es que me la creo.

“Tu le das compadrito, tu le pegas”.

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