Día 254.

Jornada 8.

24 horas en Mérida, Yúcatan.

Llegar de noche y no saber donde pernoctar siempre es estresante, especialmente cuando es en una ciudad desconocida. Si se sigue la primer impresión que da el atravesar en autobús la zona mas pobre de la ciudad, se esta condenado a tener una pésima estancia.

He contactado de antemano por facebook a una ex-compañera de la preparatoria con quien nunca tuve amistad con la esperanza de si me puede dar asilo por una noche, por los viejos buenos e inexistentes tiempos. Su respuesta fue positiva, pero me dice que su celular ha muerto, así que debo contactarla por teléfono terrestre cuando llegue. Después de intentar un par de veces sin resultado, calculo que he sido engañado, a lo cual no puedo culparla. Quizá me a dado el numero de un videoclub o de una preparatoria, así que me preparo para buscar un hotel de no malas pulgas en un lugar del que no tengo referencias aparte de los chistes de yucatecos y un comentario de un tipo en Ciudad del Carmen que afirma que son malas personas.

Camino hacia el centro de la ciudad, donde lo primero que me llama la atención es una carroza jalada por un caballo que lleva un moño. No cualquier moño, sino uno adecuado para un regalo de cumpleaños de una niña de 10 años particularmente malcriada. Hay mucha luz y un espectáculo de baile gratuito en la plaza principal, lo cual me sorprende considerando que es lunes a las 9 de la noche, es muy elegante, todo en muy buen gusto, como si estuviera en una película de los años treinta: los hombres todos vestidos de blanco con guayabera y sombrero de paja, las mujeres vestidos tradicionales largos, muy recatados. Durante una pausa, declama un poeta acerca de lo hermosa que es Mérida. En otro momento, podría creerle pero hace calor, me encuentro cansado y hambriento, lo poco que visto de los precios de los hoteles me ha asustado. Pienso mucho acerca del caballo ridículo y la posibilidad de que sea considerado crueldad animal.

Hago un último intento de comunicarme con la que podría ser mi anfitriona.

Responde, dice que me espera, tan solo debo de entender que la ciudad es una cuadricula gigante cuyas calles están numeradas. Después de una breve explicación me dirijo hacía su casa-estudio (la chica es una poeta dedicada a la pintura o una pintora que escribía poesia), deteniéndome solo a medio camino a comprar un Subway caminero. No confió en la comida local por el momento. Cuando llego, descubro con algo de ansiedad que he olvidado algo importante… mi medicina contra las alergias. Hay al menos cuatro gatos paseando por la casa, osea cuatro veces mis enemigos naturales. Me recibe muy bien, es tal como la recuerdo y un poco más, lo cual es un problema pues rara vez encontramos un punto medio para comunicarnos, cosa que no ha cambiado. Agradezco el cafe que me brinda, una cerveza y me dirige al cuarto de huéspedes que se encuentra aparte de la casa principal que por cierto, es una belleza. Tiene hasta una pequeña pila para esconderse del calor.

Aún mejor, me informa de pasada que los gatos no se meten a esta habitación, lo cual es una alegría  pues evitan una situación incomoda en la que posiblemente tuviera que buscar otro lugar donde quedarme y ya es cerca de media noche. Me da sabanas nuevas, me meto a dormir procurando no pensar en lo incomodo que le puede resultar mi visita, y procedo a dormir.

Lamentablemente la sabana es de la casa principal.

Continúa en el siguiente post.

casaviviana

“Me esperan ahí, en la oscuridad”.

 

 

Día 253.

Jornada 7.

Todo excelente, al diablo con el mundo.

Es temprano. Me encuentro en un hotel en Valladolid, Yucatán. Ciertamente la comida es mala por acá  aunque económica. He cenado la noche anterior unos tamales en hoja de plátano duros y fríos de un nombre que no entendí. Algo que ya había olvidado es que al viajar es ir a la deriva de vez en cuando: perder un transporte, conocer personas, dejarse llevar por la experiencia y no preocuparse por donde se va a dormir. La savia mas dulce es la que se bebe del mismo origen.

Me han contado una historia de el árbol ceiba, en la que una mujer hermosa llama a los hombres a la selva a que se pierdan haciéndolos perseguirla en un tipo de trance. Cuando por fin despierta la victima, se encuentra con los pies ensangrentados de caminar en medio de la selva sin manera de regresar, por lo que mueren. Claro, es una variación del tema de las sirenas que se repite en todo el mundo, uno de esos símbolos arquetipos en donde las mujeres hermosas son consideradas la perdición de los hombres al perseguirlas, seducidos por sus encantos, para después ser atrapados, devorados o abandonados en la nada.

Supongo que hay peores destinos, aunque todo mundo en algún momento llegará a conocer las penurias de enamorarse de la persona equivocada.  Tales son las trampas de un corazón roto.

He despertado mas ligero, he desayunado panuchos, volcanes y otra cosa cuyo nombre no recuerdo (que me han callado el hocico de que la comida por acá es mala… los panuchos son la onda, que son como una mezcla entre sope y tostada calientita con carne), así que es buen momento para escribir en la plaza, beber una cerveza de zarzaparrilla, bebida mágica que cura absolutamente todo a excepción de la leve soledad que se desprende al continuar el viaje. Claro, siempre hay tiempo para un encore, un último movimiento en crescendo para no dejar atrás pendientes, serpientes y escaleras. Después de visitar a un autentico perro de museo y antes de salir rumbo a Mérida, nada como visitar una cantina local. Lastima que no se me había ocurrido antes entrar a un tugurio de mala muerte en cada lugar que he visitado, pero, me prometí tomar decisiones correctas (con otras palabras, no hacer pendejadas), pero un tequila y una cerveza hacen mejor los viajes. Por cierto, nunca saquen fotos con flash en lugares así… los comensales suelen ser sensibles al respecto en todo el mundo.

A según, es muy común entre los mayas el alcoholismo, cosa que creo después de que el guía del cenote que visité hace un par de días me agarro de psicólogo (que raro) a contarme sus penas acerca de su falta de decisión para dejarlo. Igualmente, por lo que he visto, la religión es un tema bastante arraigado en sus vidas, por todos los lugares que he pasado he encontrado diversas iglesias sectarias de las que nunca había escuchado, (todas variaciones del mismo tema), así como enormes centros de la Iglesia de los santos de los últimos días.

Mi camión está a punto de salir, así que es tiempo de terminar este azaroso post. Por cierto, me encantó Valladolid.

“Soy tu vida y seré tu muerte, vaquero espacial”.

Día 252.

Jornada 6.

Descansando un momento en Chichen Itza. El lugar es enorme aunque parece Lagunillas. Hay puestos por todos lados, venden artesanías  puesto tras puesto igual al anterior. Un niño me ha querido cambiar figurillas de Chac Mol, un armadillo o una cabeza de jaguar que venden en todos lados por mis tenis, calcetines o el reloj. El reloj se lo hubiera cambiando, pues es una pulsera de plástico con un circuito que marca la hora, pero, me lo regalo un amigo. Quizá debería cambiárselo por las tres figuras, entonces lo estaría estafando yo a él, pues el reloj no vale mas de 20 pesos… me pregunto que tan seguido caen los turistas en su trampa.

Bueno, en cuanto al lugar, es de los sitios mas decorados que he visto y a diferencia de Cobá o Teotihuacan, no se permite el acceso a nada, todo tiene que verse desde fuera. Eso es excelente para su conservación pero malo para mí, pues hay bastantes estelas que me gustaría estudiar y no puedo, algunas se encuentran a 20 metros de altura desde cualquier angulo, lo que apenas permite apreciar de lejos las cosas. Llevo aquí un par de horas, todavia falta mucho por recorrer. Como siempre, escucho algunos guías que llevan grupos (soy tacaño para pagarles) e, igualmente como siempre, cuentan las historias en sus propias versiones, dependiendo del visitante en cuestión.

Depende de sapo, la pedrada.

Por todos lados venden silbatos que simulan sonidos de jaguares lo cual me tiene definitivamente harto. Quizá porque es domingo en verano, pero no recuerdo ningún otro centro arqueológico tan repleto de mercaderes que le quitan por completo el carácter de santuario al lugar.

Afortunadamente, comienza a caer una fuerte tormenta de esas que parece que el cielo no cesa, por lo que he procedido a quitarme la única camiseta limpia que me queda, guardar mis pocas cosas en una bolsa plástica y sentarme enfrente de las ruinas del observatorio a meditar. Nunca he sido muy aficionado a las ideas de espiritualidad o centros de energía que se le atribuyen a las ruinas de civilizaciones desaparecidas, pero admito que me encanta la idea dejar fluir las cosas. Una de los detalles que mas me gustó de la película de Star Wars, La amenaza fantasma, es cuando Qui-Gon y Darth Maul  en medio de la batalla quedan separados por una puerta transparente de energía. Después de comprobar que no puede atravesarse, Qui-Gon apaga su espada, se sienta y comienza a meditad, mientras Darth Maul camina impaciente a que se abra, justo en el momento en que se abre la barrera continua la batalla, pero esos instantes ambos lo aprovechan cada uno a su manera.

Sin encontrarme en una situación similar, es seguro que me voy a empapar.

Podría huir hacía los arboles y esperar junto con los demás visitantes en una pésima protección, enojarme porque tarde o temprano se me van a mojar los zapatos, tirar pestes de que no se cuando voy a tener chance de regresar… o aprovechar el momento, así que dejo que la tormenta me atrape, busco un lugar cómodo, me centro poco a poco en mi y de ahí voy expandiendo hacia el exterior. Funciona durante un buen rato, se siente como si se derritiera algo, no estoy seguro cuanto tiempo llevo así pero las puntas de mis dedos están arrugadas y a pesar de que es pleno verano, se me ha ido el calor corporal. Seguro que alguien con experiencia en esto podría regular su ritmo cardíaco hasta que eso no importe, pero estoy lejos de ello. Me levanto, todo se ve mejor, me siento mas ligero, enfocado, no necesito regresar a ningún lugar o hacer nada. Me doy cuenta que estar aquí tiene un sentido diferente… me acerco a una árbol y encuentro a alguien que me servirá de guía por el resto de este recorrido, quizá pueda enseñarle algo, quizá no.

Quizá igualmente, deba comenzar a ser mas tolerante con los hippies.

“Yep, otra calaca”.

Día 251.

Jornada 5.

Oh, Dios… estuve tan cerca del fin del mundo y me lo perdí a tan solo 800 metros.

El día de hoy visité Coba, una de las ruinas de Quintana Roo, a mi gusto, mucho mas atractiva que Tulum en cuanto a que puede ser explorada libremente.

Se encuentra en medio de la selva en un área conectada por caminos para recorrer en bicicleta, separadas por zonas a una distancia de un kilómetro entre ellas. En la entrada hay una laguna que cuenta con una linea para polea que la atraviesa de lado a lado. Además la laguna es un refugio natural para cocodrilos.

Lo dicho, las reglas son diferentes.

El lugar cuenta con bastantes ruinas que aún no han sido limpiadas, así como excelentes palacios de piedra. Cuenta con dos canchas de juego de pelota, pero, lo mas impresionante es la pirámide principal de 120 escalones cuya vista permite observar el infierno verde hasta donde acaba el horizonte. Me contaron que este es el último año en que se permite trepar los escalones, que se encuentran en un ángulo obtuso bastante marcado, por lo que hay una cuerda enorme para que facilitar el ascenso, pero sobre todo, el descenso. Afortunadamente tengo sangre de cabra y no es fácil que me de vértigo.

Lamentablemente el sitio cuenta con pocas señalizaciones, ya era casi tiempo de cerrar, el solo quema inmisericorde y al ser acompañado por mis anfitriones, me distraje, olvidando recorrer el sitio entero. Justificaciones, lo sé, pero a veces necesito echarle la culpa a alguien mas por detalles que debí considerar. En el camino vi varias estelas, en su mayoría bastante degradadas por siglos de selva, con pocas inscripciones, eso si, muchas mas que en el sitio de Tulum.Con to do esto, decidí investigar un poco en Internet al regresar al departamento donde me han hecho el favor de asilarme, resultando en que una de las estelas deterioradas que se encuentran en la parte que no recorrí tiene el calendario de la cuenta larga, justo el tan cacareado que señala el fin del mundo.

¡Me lo perdí por miserables 800 metros!

Si tuviera tiempo, regresaba mañana específicamente para verla aunque no tengo el conocimiento para traducirla (si, soy algo impulsivo para esas cosas), pero ya tengo boleto hacia Chichen Itza para las 8 de la mañana y ya es tiempo de dejar de abusar de la hospitalidad que me han brindado.
Oh, la ironía de todo.

Estoy seguro que existen otras «evidencias» después de todo, no debe ser el único calendario de cuenta larga que encuentre en el camino, además que al parecer no se ha traducido gran cosa al respecto (ya se, soy como la zorra que decía que las uvas estaban verdes), de todos modos, es una verdadera lastima.

La ultima tarde en esta zona la pasamos comiendo en una palapa en Tulum, construida sobre una roca que da directamente al mar. Con las gaviotas volando sobre la mar mientras el sol se perdía en la tarde, hice un ultimo vuelo al papalote en este lugar, pero resultó infructífero.

Después que termine el mundo tendré que regresar una larga temporada a este lugar. Hay tanto en que sumergirse, volar y escribir que se puede llevar toda una vida en hacerlo.

Y seria una vida increíble.

“Sip, soy una calaca selvatica”.

Día 250.

Jornada 4.

Hoy decidí darme un gusto, en forma de entrar a un cenote submarino al cual entré por una caverna subterránea habitada por murciélagos, golondrinas y un camarón albino. Al parecer hay murciélagos con la misma falta de pigmentos, pero no estaba recibiendo visitas.
Cuando salgo de viaje no soy muy dado a consumir o realizar los recorridos habituales, no tanto por una cuestión filosófica, sino porque sale caro, es predecible u ofrece comodidades que no necesito. De todos modos aparto siempre una pequeña cantidad de dinero para emergencias o por si encuentro algo inesperado que definitivamente me arrepentiría de dejar pasar. Hoy, no podía dejar pasar la posibilidad de tener una muerte horrible.

Claro, con un guía.

Me recomendaron un cenote llamado Dos Ojos, el cual son dos cenotes conectados subterraneamente por una serie de cavernas que se pueden recorrer con snorkel siempre y cuando se mantenga la cabeza dentro del agua, pues hay estalactitas en varios puntos del recorrido que, si uno sale a la superficie te pueden descalabrar. Como soy un genio, solo recibí un golpe leve. Siempre que veo en la tele algún documental de exploradores, con lugares exóticos llenos de maravillas naturales, me parecen lejanos, como en universos paralelos, siendo que muchos se encuentran cercanos y que la única excusa para no visitarlos es el desperdiciar el tiempo y el dinero en acumular tonterías.

Mi guía fue un maya llamado Juan, gordito, lampiño y alcohólico (esto último lo descubrí ya que veníamos de regreso). Quien me cobró 400 pesos por la entrada, la renta del equipo y el recorrido de poco mas de una hora, lo cual me parece fue un dinero muy bien invertido. Aprendí que la existencia puede ser tan diferente que se vuelve ridículo.

Armado con un snorkel, un visor, una lampara y un speedo (se me ve muy bien, chicas), me sumergí en agua cristalina, casi irreal, observando las formaciones rocosas, sintiendo pequeños peces quitándome unos pocos pedazos de piel muerta, importándome el ritmo de mi respiración, mientras nadaba en un ambiente transparente hasta llegar a una caverna oculta sin entrada terrestre, solo una pequeña linea de luz solar muchos metros sobre mi cabeza.

En momentos así es cuando vale la pena dejarse llevar por la corriente.

Durante el recorrido pude ver unos cuantos buzos que recorrían un sendero a unos 10 metros debajo de nosotros. A pesar que es una atracción turística, recordé que es uno de los deportes mas peligrosos que existen. A la salida del cenote, encontré un tipo que hace excursiones de buceo, quien me vendía un curso en 100 dolares, tan solo para que lo intentara y decidiera si me enamoraba para venderme un curso de certificación de tres días por 400 dolares. Su técnica de venta fue “Así empiezan todos. Algunos descubren que es lo que quieren hacer por el resto de su vida”.

Supongo que es cierto.

También supongo que su negocio es justo engatusar en algo así. Me dio una tarjeta con un pequeño mapa, donde pude ver que las cavernas se extienden bastante, algunos son túneles poco explorados que requieren una mezcla de mucha experiencia y la plena consciencia que puede ser el último recorrido que se realiza.

La muerte acuática es la pesadilla de alguien mas, pero puedo entender lo horroroso que resultaría morir dos veces: luchando en la oscuridad ante la inminente falta de oxigeno, encerrado en una caverna donde lo peor es desesperarse, pues un movimiento mal hecho provoca que el cuerpo o el equipo se golpeen contra las rocas, la arena se levante deteniendo la noción de orientación. El sentir como se te queman los pulmones cuando la sangre se llena de dióxido de carbono, sobreviene el pánico absoluto, pronto las esperanzas son nulas y el final llegará en una mezcla de absoluto terror y miedo.

No sé si es algo en que me interese quemar las naves, pero quien sabe, siempre hay dos caminos.
Por la tarde fui a la playa de Akumal a snorkelear con tortuguitas. Perseguí una por un par de minutos, pero son rápidas.

Ah, la muy maldita me dejo en mar abierto lejos de la playa. Diversión para toda la familia sin chaleco salvavidas.

 

“Come catch me if you can”.

Día 249.

Jornada 3.

Me encuentro en  la zona arqueológica de Tulum, en  la primera de varias (muchas) sorpresas que espero encontrar. Las ruinas son una maravilla destruida; un sendero en medio de la costa que pareciera no llegar a ningún lugar que pudiera interesarle a un ser de pensamiento moderno en donde la acumulación de centros de poder se basan no tanto en la utilidad práctica sino en hacerlos fastuosos.

El centro ceremonial en si, ya no puede ser recorrido, mas que lateralmente por senderos, debido a que las estructuras se encuentran erosionadas tanto por la acción de los elementos como por la acción de las personas, pero, por primera vez, defenderé al humano en su papel de preservador: el mar es mucho mas maldito y constante para destruir.

Algo que no esperaba encontrar (aunque después de un par de días aquí, es obvio que las reglas no aplican de la misma manera que en mi rancho) es que hay un acceso en la playa dentro de las ruinas la cual lamentablemente no quise visitar pues además de encontrarse llena de algas, arena revolcada producto del huracán Ernesto, se encontraba saturada de turistas lo que hacía que perdiera sentido. Como cuando todo mundo anda tras la misma chica en una fiesta porque es la que trae minifalda cuando con alzar la vista se pueden encontrar nuevas maravillas.

Conseguí un par de informaciones relevantes, como la diosa del suicidio, Ixtab, y la diosa de la muerte Ah Puch (agradezco la existencia de las cámaras digitales, pues sin ellas no hubiera podido sacar muchos de los datos que iré mencionando en los siguientes posts), aunque en en el sitio no encontré ideogramas o fotografías (mas tarde logré averiguar que las imágenes son parte de un códice que no se encuentra en México), solo un par de caras en piedra y una figura poco reconocible, efecto de la erosión de 1600 años. Observo, este lugar es una explotación del clima y el mar con poco de cultura maya, ni siquiera hay un museo de sitio o uno en las cercanías (el único está en Cancún y por el momento en reparaciones).

Eso sí, este lugar es hermoso.

El mar está hecho para enamorar, no tiene el aroma fétido característico de otros mares; cada ola lleva tranquilidad, cada pizca de arena amarilla brillante acentúa los azules del océano. Por cierto, el agua tiene poca sal, que,claro, no le quita lo venenoso, pero hace pensar que el mundo es mejor.
Por otro lado, la sobre-explotación es obvia: a lo largo de la rivera se encuentran enclavados hoteles de superlujo cuyas playas son semi-privadas, en el sentido de que presuntamente las playas son propiedad de la nación lo que las hace publicas, así que simplemente, no pueden ser accedidas debido a accidentes geográficos, pues no se comunican a ninguna otra playa, solo se entra por la entrada del hotel. Un interesante método por decir lo menos… me pregunto cuantos de esos accidentes son naturales. Igualmente la economía es extraña, pues así como hay lugares con costos prohibitivos, también puede uno alimentarse bien con 100 o 120 pesos al día, hay quesadillas, pollerías, Oxxos (donde tener sexo en exceso con un marcatexto), cada tres cuadras. Igualmente hay muchas opciones de hostales y hoteles pequeños a precios módicos. Como en todo, lo difícil es llegar.

Aprendí algo también el día de hoy: si uno se sale de los senderos y pone el pie por 10 segundos en la selva, la naturaleza se encarga de recordarte que puede hacerte su perra cuando quiera: no di diez pasos y ya me picó lo que espero sea una hormiga pues tengo el pie con una roncha enorme y adormecido.

Lección aprendida.

 

“Esta foto la tome yo, ergo, ya soy un artista”.

Día 248.

Jornada 2.

“La existencia es caótica cuando se trata de controlar aquello que es intrínsecamente indecible”.

Con esa frase inicié la entrada para este día, mas no se a que me refería Lo malo de hacer apuntes es que a veces una idea no termina de germinar o da una planta extraña cuando lo hace.

Lo importante es continuar con el desarrollo de la bitácora.

Mi llegada a Playa del Carmen fue interesante. Llegué al aeropuerto de Cancún y fue todo lo que vi de Cancún. Es curioso como un deseo ajeno puede infiltrarse para que a la hora de estar a punto de realizarse se encuentre que no es real. He escuchado maravillas de Cancún, planes de vacaciones, planes de vida, pero en realidad nunca me ha interesado, tengo como que el prejuicio de que debe ser un hervidero de gente gastando sus ahorros en hoteles de lujo, visitando trampas turísticas donde gastan los ahorros futuros y por último viviendo aventuras ensayadas de principio a fin, donde gastan dinero electrónico inexistente.

No gracias.

So, inmediatamente me moví a Playa del Carmen, a donde llegue con alerta de huracán en las calles, por lo que a las 10 de la noche ya tenia que estar bajo techo, lo cual después de viajar todo el día, agradecí. No sin antes ir a cenar, tomarme unas cervezas ademas bienvenida con mis anfitriones (una chulada de personas a las que espero poder agradecer todas sus atenciones que tuvieron para conmigo a lo largo de la semana). mientras veía pasar las patrullas recorrer las calles desde una terraza.

Como comentaba, los sueños ajenos se filtran de manera extraña, pues a veces también se convierten en propios. Suelo viajar con lo necesario, procurando no llevar casi nada que me duela perder en el camino (lamentablemente una de las victimas de este viaje serían mis lentes oscuros) y ahora tuve la obsesión de llevarme el papalote para acrobacias que desde hace meses he querido volar pero en mi rancho no se dan las condiciones correctas. Llevarlo cargando por medio país fue complicado (aunque solo fuera un día de viaje), pues, mientras no pesa, es bromoso llevar un tubo con forma piramidal de un metro de largo sin manera de poderlo amarrar a una mochila.

Adoro los huracanes.

Durante la primera noche pasó el huracán dejando una estela de vientos fuertes durante toda la semana que estuve en Playa del Carmen, con lo que sin excusa ni pretexto, dediqué un par de horas cada tarde a aprender a volarlo. Alguna vez lo había comparado con tratar controlar un potro, porque en cualquier momento puede ponerse de mal humor y golpearte o jalar las riendas provocando heridas en las manos. Las dos primeras tardes admito que estuve a punto de rendirme después de ver como rápidamente se desplomaba una y otra vez sobre la arena, me hacia tropezar y caer intentando encontrar la corriente de aire correcta, sudando copiosamente del esfuerzo de evitar que golpeara paseantes playeros y ultimadamente las lineas se enredaron tanto que tardé mas de una hora en desenderarlas… con ayuda. Ni contar con todas las quemadas y cortaduras.

Pero al tercer día logré por fin hacer el primer giro completo con lo que los meses de espera valieron la pena. Los siguientes dos tardes fueron de las cosas mas relajantes que he hecho mientras lograba que una estructura de fibra de vidrio y poliuretano rasara silbando el suelo a 50 kilómetros por hora para volver a elevarse al atardecer con el sol a mi espalda.

Al retirarme de Playa del Carmen dejé el papalote en la casa de mis anfitriones como regalo (admito que aventarme el resto del viaje volándolo en cada lugar hubiera sido excelente pero limitante), a quien les prometí un video con instrucciones para armarlo, desarmarlo y hacerlo volar (no aprendí a hacerlo aterrizar, eso es tarea para otro día). Quizá les interese, quizá no, lo que si puedo decir es que mi adicción a volar cometas se ha reencendido después de descubrir que al igual que un potro, lo que se requiere es paciencia…

Y un botiquín de primeros auxilios.

“Fly me to the moon”.