Día 247.

De este post y por los siguientes , se pondrá una bitácora que fue escrita en un cuaderno (si, también se escribir a mano aunque mi letra no lo demuestre) durante mis vacaciones de verano. No les traje nada, ya saben que yo regalo la magia de las experiencias vicarias. Que la disfruten.

Jornada 1.

Salir de Morelia a las 11 de la mañana y llegar a Playa del Carmen a las 8 y media de la noche es una de las maravillas del transporte moderno. Claro, se puede hacer en menos tiempo, pero el precio es prohibitivo para mi en este momento (e innecesario) elevandose casi al triple.
El atravesar el DF es siempre la misma historia: gente de malas, empujones, malos tratos y una neurosis que todos sus habitantes conocen. Estoy convencido que todos los rostros son iguales mientras se existe ahí.

Pero ese es harina gorgojeada de otro costal.

El aeropuerto de la Ciudad de México es un sitio para gente grande y seria, sin sentido del humor, encargada de resolver otros problemas, con una eficiencia que da una vuelta completa y convierte al usuario no en un numero, sino un producto, poco mas que una vaca que necesita industrializarse.
Ya en el avión la experiencia fue excelente: me tocó un asiento al lado del avión, de donde pude ver como se cortaban las nubes al ser atravesadas con la normal turbulencia que esto acompaña. El ruido en un viaje largo me supongo debe volverse cercano a lo insoportable, pero en un vuelo de dos horas (que por cierto salio una hora tarde) no ofrece mayor incomodidad. Además, las azafatas (que quien las seleccione tiene un excelente gusto) me ofrecieron nada menos que una fabulosa cuba de Bacardi blanco. Igualmente me tocó que el aterrizaje fuera entre las nubes de tormenta del huracán Ernesto.

¿No lo comente? mil disculpas.

Mi viaje coincide con el toque a tierra de Ernesto.

¿Como se siente volar en medio de una tormenta?

Como si los testículos o compañones, intentaran salir por la garganta.

Durante casi todo el vuelo el asunto fue tranquilo, hasta que llegando a la península de Yucatán, el cielo simplemente se oscureció, las turbulencias ligeras comenzaron a ocurrir con regularidad hasta que francamente el viaje se tornó en una versión un tanto morbida de una montaña rusa. Quien ocupa ir a un parque de diversiones cuando se puede subir a un avión que se mueve como licuadora. Agradezco que me encanta leer sobre estadísticas, con lo que sé que las posibilidades de morir en un accidente aéreo son miles de veces mas bajas que hacerlo en un automóvil, pues me permitió confiar en que el avión no caería envuelto en llamas.

Claro, esas estadísticas se hacen con buen clima.

El avión se vio forzado a hacer dos intentos de aterrizaje antes de, en la tercera oportunidad divisar la pista correctamente, con lo que los pasajeros procedimos a brindarle una ronda de aplausos al piloto y el personal de cabina, iniciadas por un señor de mediana edad quien desde que inició el viaje ya viajaba de la única manera que vale la pena.

Ebrio como un cura.

 

“Salucita, mi amor”.

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