Día 248.

Jornada 2.

“La existencia es caótica cuando se trata de controlar aquello que es intrínsecamente indecible”.

Con esa frase inicié la entrada para este día, mas no se a que me refería Lo malo de hacer apuntes es que a veces una idea no termina de germinar o da una planta extraña cuando lo hace.

Lo importante es continuar con el desarrollo de la bitácora.

Mi llegada a Playa del Carmen fue interesante. Llegué al aeropuerto de Cancún y fue todo lo que vi de Cancún. Es curioso como un deseo ajeno puede infiltrarse para que a la hora de estar a punto de realizarse se encuentre que no es real. He escuchado maravillas de Cancún, planes de vacaciones, planes de vida, pero en realidad nunca me ha interesado, tengo como que el prejuicio de que debe ser un hervidero de gente gastando sus ahorros en hoteles de lujo, visitando trampas turísticas donde gastan los ahorros futuros y por último viviendo aventuras ensayadas de principio a fin, donde gastan dinero electrónico inexistente.

No gracias.

So, inmediatamente me moví a Playa del Carmen, a donde llegue con alerta de huracán en las calles, por lo que a las 10 de la noche ya tenia que estar bajo techo, lo cual después de viajar todo el día, agradecí. No sin antes ir a cenar, tomarme unas cervezas ademas bienvenida con mis anfitriones (una chulada de personas a las que espero poder agradecer todas sus atenciones que tuvieron para conmigo a lo largo de la semana). mientras veía pasar las patrullas recorrer las calles desde una terraza.

Como comentaba, los sueños ajenos se filtran de manera extraña, pues a veces también se convierten en propios. Suelo viajar con lo necesario, procurando no llevar casi nada que me duela perder en el camino (lamentablemente una de las victimas de este viaje serían mis lentes oscuros) y ahora tuve la obsesión de llevarme el papalote para acrobacias que desde hace meses he querido volar pero en mi rancho no se dan las condiciones correctas. Llevarlo cargando por medio país fue complicado (aunque solo fuera un día de viaje), pues, mientras no pesa, es bromoso llevar un tubo con forma piramidal de un metro de largo sin manera de poderlo amarrar a una mochila.

Adoro los huracanes.

Durante la primera noche pasó el huracán dejando una estela de vientos fuertes durante toda la semana que estuve en Playa del Carmen, con lo que sin excusa ni pretexto, dediqué un par de horas cada tarde a aprender a volarlo. Alguna vez lo había comparado con tratar controlar un potro, porque en cualquier momento puede ponerse de mal humor y golpearte o jalar las riendas provocando heridas en las manos. Las dos primeras tardes admito que estuve a punto de rendirme después de ver como rápidamente se desplomaba una y otra vez sobre la arena, me hacia tropezar y caer intentando encontrar la corriente de aire correcta, sudando copiosamente del esfuerzo de evitar que golpeara paseantes playeros y ultimadamente las lineas se enredaron tanto que tardé mas de una hora en desenderarlas… con ayuda. Ni contar con todas las quemadas y cortaduras.

Pero al tercer día logré por fin hacer el primer giro completo con lo que los meses de espera valieron la pena. Los siguientes dos tardes fueron de las cosas mas relajantes que he hecho mientras lograba que una estructura de fibra de vidrio y poliuretano rasara silbando el suelo a 50 kilómetros por hora para volver a elevarse al atardecer con el sol a mi espalda.

Al retirarme de Playa del Carmen dejé el papalote en la casa de mis anfitriones como regalo (admito que aventarme el resto del viaje volándolo en cada lugar hubiera sido excelente pero limitante), a quien les prometí un video con instrucciones para armarlo, desarmarlo y hacerlo volar (no aprendí a hacerlo aterrizar, eso es tarea para otro día). Quizá les interese, quizá no, lo que si puedo decir es que mi adicción a volar cometas se ha reencendido después de descubrir que al igual que un potro, lo que se requiere es paciencia…

Y un botiquín de primeros auxilios.

“Fly me to the moon”.

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