Día 249.

Jornada 3.

Me encuentro en  la zona arqueológica de Tulum, en  la primera de varias (muchas) sorpresas que espero encontrar. Las ruinas son una maravilla destruida; un sendero en medio de la costa que pareciera no llegar a ningún lugar que pudiera interesarle a un ser de pensamiento moderno en donde la acumulación de centros de poder se basan no tanto en la utilidad práctica sino en hacerlos fastuosos.

El centro ceremonial en si, ya no puede ser recorrido, mas que lateralmente por senderos, debido a que las estructuras se encuentran erosionadas tanto por la acción de los elementos como por la acción de las personas, pero, por primera vez, defenderé al humano en su papel de preservador: el mar es mucho mas maldito y constante para destruir.

Algo que no esperaba encontrar (aunque después de un par de días aquí, es obvio que las reglas no aplican de la misma manera que en mi rancho) es que hay un acceso en la playa dentro de las ruinas la cual lamentablemente no quise visitar pues además de encontrarse llena de algas, arena revolcada producto del huracán Ernesto, se encontraba saturada de turistas lo que hacía que perdiera sentido. Como cuando todo mundo anda tras la misma chica en una fiesta porque es la que trae minifalda cuando con alzar la vista se pueden encontrar nuevas maravillas.

Conseguí un par de informaciones relevantes, como la diosa del suicidio, Ixtab, y la diosa de la muerte Ah Puch (agradezco la existencia de las cámaras digitales, pues sin ellas no hubiera podido sacar muchos de los datos que iré mencionando en los siguientes posts), aunque en en el sitio no encontré ideogramas o fotografías (mas tarde logré averiguar que las imágenes son parte de un códice que no se encuentra en México), solo un par de caras en piedra y una figura poco reconocible, efecto de la erosión de 1600 años. Observo, este lugar es una explotación del clima y el mar con poco de cultura maya, ni siquiera hay un museo de sitio o uno en las cercanías (el único está en Cancún y por el momento en reparaciones).

Eso sí, este lugar es hermoso.

El mar está hecho para enamorar, no tiene el aroma fétido característico de otros mares; cada ola lleva tranquilidad, cada pizca de arena amarilla brillante acentúa los azules del océano. Por cierto, el agua tiene poca sal, que,claro, no le quita lo venenoso, pero hace pensar que el mundo es mejor.
Por otro lado, la sobre-explotación es obvia: a lo largo de la rivera se encuentran enclavados hoteles de superlujo cuyas playas son semi-privadas, en el sentido de que presuntamente las playas son propiedad de la nación lo que las hace publicas, así que simplemente, no pueden ser accedidas debido a accidentes geográficos, pues no se comunican a ninguna otra playa, solo se entra por la entrada del hotel. Un interesante método por decir lo menos… me pregunto cuantos de esos accidentes son naturales. Igualmente la economía es extraña, pues así como hay lugares con costos prohibitivos, también puede uno alimentarse bien con 100 o 120 pesos al día, hay quesadillas, pollerías, Oxxos (donde tener sexo en exceso con un marcatexto), cada tres cuadras. Igualmente hay muchas opciones de hostales y hoteles pequeños a precios módicos. Como en todo, lo difícil es llegar.

Aprendí algo también el día de hoy: si uno se sale de los senderos y pone el pie por 10 segundos en la selva, la naturaleza se encarga de recordarte que puede hacerte su perra cuando quiera: no di diez pasos y ya me picó lo que espero sea una hormiga pues tengo el pie con una roncha enorme y adormecido.

Lección aprendida.

 

“Esta foto la tome yo, ergo, ya soy un artista”.

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