Día 253.

Jornada 7.

Todo excelente, al diablo con el mundo.

Es temprano. Me encuentro en un hotel en Valladolid, Yucatán. Ciertamente la comida es mala por acá  aunque económica. He cenado la noche anterior unos tamales en hoja de plátano duros y fríos de un nombre que no entendí. Algo que ya había olvidado es que al viajar es ir a la deriva de vez en cuando: perder un transporte, conocer personas, dejarse llevar por la experiencia y no preocuparse por donde se va a dormir. La savia mas dulce es la que se bebe del mismo origen.

Me han contado una historia de el árbol ceiba, en la que una mujer hermosa llama a los hombres a la selva a que se pierdan haciéndolos perseguirla en un tipo de trance. Cuando por fin despierta la victima, se encuentra con los pies ensangrentados de caminar en medio de la selva sin manera de regresar, por lo que mueren. Claro, es una variación del tema de las sirenas que se repite en todo el mundo, uno de esos símbolos arquetipos en donde las mujeres hermosas son consideradas la perdición de los hombres al perseguirlas, seducidos por sus encantos, para después ser atrapados, devorados o abandonados en la nada.

Supongo que hay peores destinos, aunque todo mundo en algún momento llegará a conocer las penurias de enamorarse de la persona equivocada.  Tales son las trampas de un corazón roto.

He despertado mas ligero, he desayunado panuchos, volcanes y otra cosa cuyo nombre no recuerdo (que me han callado el hocico de que la comida por acá es mala… los panuchos son la onda, que son como una mezcla entre sope y tostada calientita con carne), así que es buen momento para escribir en la plaza, beber una cerveza de zarzaparrilla, bebida mágica que cura absolutamente todo a excepción de la leve soledad que se desprende al continuar el viaje. Claro, siempre hay tiempo para un encore, un último movimiento en crescendo para no dejar atrás pendientes, serpientes y escaleras. Después de visitar a un autentico perro de museo y antes de salir rumbo a Mérida, nada como visitar una cantina local. Lastima que no se me había ocurrido antes entrar a un tugurio de mala muerte en cada lugar que he visitado, pero, me prometí tomar decisiones correctas (con otras palabras, no hacer pendejadas), pero un tequila y una cerveza hacen mejor los viajes. Por cierto, nunca saquen fotos con flash en lugares así… los comensales suelen ser sensibles al respecto en todo el mundo.

A según, es muy común entre los mayas el alcoholismo, cosa que creo después de que el guía del cenote que visité hace un par de días me agarro de psicólogo (que raro) a contarme sus penas acerca de su falta de decisión para dejarlo. Igualmente, por lo que he visto, la religión es un tema bastante arraigado en sus vidas, por todos los lugares que he pasado he encontrado diversas iglesias sectarias de las que nunca había escuchado, (todas variaciones del mismo tema), así como enormes centros de la Iglesia de los santos de los últimos días.

Mi camión está a punto de salir, así que es tiempo de terminar este azaroso post. Por cierto, me encantó Valladolid.

“Soy tu vida y seré tu muerte, vaquero espacial”.

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