Día 256.

Tercera parte de 24 horas en Mérida (aunque creo fueron 26).

Saliendo del museo camino por paseo Montejo, que es como la avenida fresa de la ciudad; de ahí tomo una combi al centro de la ciudad donde soy recibido por una exposición de esculturas hechas en acero inoxidable, las cuales están cubiertas por un techo de vitral, pero sigue entrando el sol quemante lo que hace muy mala idea tocarlas, siguiendo la tradición, voy a comer al mercado local.

Decepción.

El lugar es sucio como madriguera tejones y el calor no ayuda nada a que los aromas sean agradables. Ya me he acostumbrado desde hace días a caminar con temperaturas altas, pero en una área urbana el hacinamiento mezclado con el ruido y el polvo se vuelve muy desagradable. Llamo por teléfono a mi anfitriona para preguntarle direcciones donde comer que me dio en la mañana y no apunté. Tengo mis momentos de genialidad. Me recomienda en un mini-mercado cerca de su casa. Hasta el momento el carácter de la gente local me parece extraña, como si todo mundo estuviera enojado. Caigo en cuenta que Marco A. Almazan es de aquí, uno de los escritores mas graciosos del que tenga memoria, sin embargo no encuentro nadie que me diga donde puedo encontrar libros suyos. De todos modos me muero de hambre. Como ya he comentado, la península tiene fama de no tener buena comida.

Encuentro el local recomendado dentro del mini-mercado, en donde ya no tienen sopa de lima, pero me dicen que tienen caldo de pavo. La atención es un poco ruda, pero de todos modos tengo demasiada hambre y que diablos, hay que probar de todo. El caldo resulta tal como lo dice su nombre, un caldo al que se le agrega pedazos de pavo horneado, lo pruebo y si me quedaba alguna duda de que la comida yucateca es un pedazo del paraíso ha desaparecido por completo. Es una cosa deliciosa que acompaño con unos panuchos de carne y un refresco marca Cristal.

Retirándome del lugar, cae una tormenta que parece llover casi en horizontal de lo fuerte del viento, en pocos minutos todo se inunda. Como no tengo ganas de quedarme encerrado aquí, como se me está haciendo costumbre, me quito la camiseta, guardo mis cosas en una bolsa de plástico y me dirijo a mi posada, donde aprovecho la pila de agua para relajarme con  otro café mientras pasa la lluvia. Escribo, descanso un rato y pienso que aún no entiendo este lugar, es como estar en un país diferente y neciamente no lo acepto, los colores pastel de las construcciones me destantean con sus amarillos, rosas, azules chillantes, el trato de la gente no es frió, es mas bien seco y no lo entiendo.

Creo que lo estoy haciendo mal.

Invito a mi anfitriona a cenar como agradecimiento por dejarme quedar y para no perder la oportunidad de conocer a la pintora que alguna vez escribió un poema del que solo recuerdo un fragmento que dice:

– ¿Fumas?

– No me hagas preguntas personales.

Es curioso las cosas que recuerda uno. Un poco renuente acepta, lo cual es un alivio.

Termina mañana.

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“Si solo vendieran también ácidos…”.

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