Día 257.

Cuarta y última parte, ya casi es hora de irse.

Recapitulando rápido, paso de Quintana Roo a Yucatán, donde he asustado a un gato blanco y no me he comprado una guayabera. Continuemos.

Propongo un lugar de comida típica, pues no pierdo agusto, esa es una de mis características principales. Obtendré esa sopa de lima.

Me lleva al anochecer por la ciudad, caminamos por mas de media hora hasta llegar al restaurant, donde en otro de mis grandes momentos, he olvidado sacar dinero del cajero lo que hace que caminemos un poco mas, al menos, no demasiado. Claro, he olvidado decir que mi anfitriona tuvo una cirugía no hace mucho de la columna. Me asegura que no le duele al caminar, pero eso no es como que un aliciente.

Lo sigo haciendo mal, al menos ya nos sentamos, al menos ya platicamos.

Me cuenta como fue que llego aquí, la manera en que fue deambulando por distintos lugares del país y el extranjero hasta encontrar un lugar donde pudiera ponerse a pintar en paz en una vida que ha pasado de semi-nomadica a semi-hermitaña, todo con tal de poder dedicarse a hacer lo que le gusta y que pague las cuentas.

Debería de aprender algo de ello.

Igualmente, me devela algunos de los misterios de Mérida, cosa que mientras transcurre la cena se van volviendo mas evidentes. La ciudad es habitada por una raza de gente que procura mantenerse ajena al resto del país, lo cual viene históricamente a que la península durante un tiempo a mediados del siglo XIX se convirtió en la república de Yucatan, un lugar en donde las reglas de convivencia eran diferentes, con una población muy demarcada entre indígenas  mestizos y gente blanca. Un lugar donde las diferencias son marcadas. En esa tradición, Mérida es un lugar que se enorgullece de tener la tasa de criminalidad mas baja del país, una economía solida con empresas que venden para su estado, donde llevar tal o cual apellido importa no solo por las puertas que abre sino por las responsabilidades que conlleva. El carácter de la gente me es ajeno y la razón que me da para ello es sencilla:

– La gente aquí no es ceremoniosa.

Es cierto. A lo largo del día no es que haya escuchado mal trato, sino pocas palabras. La gente va al grano, no ofrece excusas o las necesita, el trato es directo. Son muy tradicionalistas, desconfían de la gente de otras regiones, les parece que son los causantes del poco crimen que hay, aceptan el turismo pero hacen lo posible para evitar que la gente de otros estados se instale aquí; si mi anfitriona logra vender su arte es porque lo vende a extranjeros, la gente local no le compra. Caigo en cuenta que todo en mí me delata: soy un foráneo echo y derecho. No es que Mérida me parezca otro país  es que en realidad lo es. Las noticias del centro de la república no les son importantes, hacen las cosas a su modo, desde las construcciones de las casas con puertas abiertas para que circule el aire hasta ponerle a todo chile habanero como si fuera cebolla.

Hasta la cebolla debe ser morada y llevar chile habanero.

Recuerdo entonces que Morelia era así hasta hace unos 40 años, quizá poco menos. Un lugar alejado por convicción, pero en algún punto se llenó de gente venida de otros lugares, pronto convirtiendo a la ciudad en algo grande, si, pero que ha perdido su identidad. No estoy seguro que pensar de todo esto.

Se hace tarde, tengo que tomar un autobús que me llevará en un viaje de toda la noche a Chiapas. Apresuro mi sopa de lima, dejo una buena propina que el mesero mira con ojos extrañados que no sé traducir. Agradezco por sus finas atenciones a mi anfitriona y corro, olvidando disculparme por asustar a su gato blanco.

Ya en el camión mientras me preparo a dormir, pienso que han sido 24 horas extrañas, lejos de casa. Me doy cuenta que he aprendido aquí mas que en lo poco que llevo de viaje, eso me encanta de los viajes. Supongo regresaré en algún momento.

Quizá entonces no olvide probar la cochinita pibil.

Les digo, soy un genio.

perromaya

 

“Perro maya, no puede dar la patita”.

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