Día 285.

No debería de escribir hoy.

Estoy cansado, de malas y fastidiado con el mundo.

Exactamente por eso, debería escribir hoy.

No ha habido nada particular con el día de hoy, lunes, primer día de octubre, inicio de la temporada de brujas, muertos, monstruos y demonios.

Y fantasmas.

Si, esa fue la excepción, ahora que lo pienso.

Hoy enfrenté a un fantasma, uno que en particular detesto del que creí ya ser inmune.

El cigarro.

Todo comenzó en la mañana en la oficina, donde alguien había dejado una cajetilla de Camel sobre uno de los escritorios . Me llamó la atención, dado que nadie ahí fuma hasta donde sé, pero procuré ignorarlo, considerando que en unos minutos desaparecería.

Al poco tiempo, me la ofrecieron.

Al parecer, alguien la había olvidado durante el fin de semana, así que preguntaron si alguien la quería… y por un momento, lo consideré.

Para quien no lo sepa, llevo un año sin fumar.

Me aventé mas de una década fumando. En diversas temporadas con verdadero frenesí como si no tuviera futuro o se fueran a terminar los cigarrillos. Decir que fumaba como chimenea sería una exageración, pero no una tan alejada de la cantidad de litros de humo que ingerí y deseché. Uno de mis amigos me dijo cuando lo dejé “es que ya te fumaste todos tus cigarros” y tiene razón. Durante mi etapa de fumador creo que solo salí con dos chicas que no fumaban, pues, el cigarro era una parte importante en mi decisión para andar con alguien, y con quien también se tenia que negociar que marca se fumaría, si alcanzaba para ir al cine y tabaco o solo tabaco, a que bares ir que dejaran fumar y a que amistades frecuentar mas, osea, a las que también fumaran.

Viéndolo en perspectiva, resulta algo irreal el asunto.

Principalmente fumé dos marcas: Camel y Lucky Strike. La primera, fue una elección a partir de un a historia de Stephen King donde un personaje, un niño maldoso quería ser como su padre quien  fumaba Camel. La segunda marca, porque me gustaba realmente su sabor a humo sin industrializar, simplemente era humo, ligero para hacer volutas, ademas que no lo venden aquí, por lo que era parte de mi ritual cuando viajaba a otras ciudades comprar un par de cajetillas: una para mientras estuviera ahí, otra para traerla de vuelta.

¿Porqué paré?

Simple, mi organismo se estaba yendo a la chingada.

Me enfermaba muy seguido, obviamente el deporte me tenía sin cuidado pues son estilos de vida opuestos, dificultades para respirar, la cruda del cigarro era horrible, hasta que llego el punto que me deshizo parte del hueso entre los dientes, con lo que me gane una separación que tuvo que ser llenada con un implante que se colocó con una muy dolorosa operación.

Y que por cierto, me faltan otras tres similares para que no pierda dientes en un futuro.

Dejar de fumar no fue por tanto una decisión, sino un movimiento de supervivencia.

Casi inmediatamente que lo dejé me comenzó a dar asco el humo del cigarro y hasta la fecha no logro entender como fue que pude agarrar un vicio tan baboso. No digo nada a quien fuma, pues conozco sus placeres, así se lo difícil que es dejarlo, ni tampoco me justifico, porque la verdad es que me encantaba fumar sin parar, llevar un estilo de vida destructivo acompañado con aliento a cañería, las ropas permanentemente perfumadas y la malicia de aventarle a alguien el humo al rostro.

Pero hoy, por primera vez me enoje por haber dejado el cigarro.

Mi enojo no tiene que ver la falta de nicotina, sino con el espejismo de la adicción.

Digo, en este momento tengo bastante estrés acumulado debido a muchos cambios positivos que estoy realizando en mi vida, comprendo que tienen un costo, comprendo que el cigarrillo me ayudaba a relajarme,  comprendo que sería una excelente vía de escape, comprendo todo eso, y justo esta comprensión es lo que lo vuelve mas difícil, pues honestamente no quiero volver a fumar.

Simplemente es algo que ya fue, termino, está muy bien que ya no forme parte de mi vida, pero hoy pude sentir como en algún lugar de mi mente, el recuerdo de un vicio que nunca va a desaparecer del todo me susurraba “llévate la cajetilla, se la regalas a alguien” y pude sentir el veneno en esa voz, el engaño burdo, aumentado cuando en ese momento alguien me pregunto si tenía un encendedor, y recordé que en mi escritorio estaba guardado uno que el dueño anterior dejo ahí.

Me puse a hacer otras cosas, seguro de haber vencido el sentimiento, pero la realidad es que me estuve de mal humor todo el día, con plena consciencia de que es una batalla que creí inexistente, a la que tendré que respetar.

Lo único que quería al salir del trabajo era llegar a casa y descansar, a pesar que realmente no hice pesado durante el día, ademas que la semana apenas comienza. Como no me llevé el auto, le pedí a una chica que hace su servicio social si me daba un aventón. Subí a su auto, sacó una cajetilla de Benson mentolados y procuró uno. Me preguntó si me molestaba que fumara, a lo que le mentí que no, me preguntó si quería uno, con lo que nuevamente, mentí.

No porque no quiera hacer algo, no significa que el deseo no exista.

Por último, mordió el filtro del cigarrillo, con lo que escuché el tronido del paquete en el interior del mismo, que le da el sabor a menta, y lo encendió. El sonido me saco del trance, como escuchar un tronido de un hueso seco quebrándose.

Supongo que en algún lugar, alguien tiene un sentido del humor retorcido.

Y por esta vez, no soy yo.

“Volutas de humo titilan su encuentro”.

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