Día 288.

Volviendo a tomar té con miel. Tenía varios meses sin hacerlo pero creo que es lo que voy a hacer de diario para seducirle a la cantidad de azúcar refinada y de café. No que lo vaya a dejar, obvio no, pero he encontrado que es excelente para estarlo tomando todo el día como método de relajación e hidratación.

¿En que estaba?

Ah sí. Anoche asistí a un velorio.

Al primero que asistí fue en la secundaría, de el padre de un compañero del salón. Un mocoso bastante odioso, que en mas de una ocasión hubo violencia entre él y yo, por lo que no me interesaba mínimamente asistir, pero, una maestra con ínfulas de ser profesora/madre, decidió que todo teníamos que asistir y hacer valla de honor a un muerto que solo dos o tres conocían  En retrospectiva me parece una de esas cosas que en teoría es un bonito detalle y en la practica una horrible falta de respecto. Recuerdo que desde un segundo piso en la sala velatoria, vi a mi compañero recién huérfano, con una mezcla de curiosidad y desprecio, que rápidamente se convirtió en un vació muy profundo al verlo llorar, roto, en el hombro de uno de sus amigos. Tardó varias semanas para regresar a la escuela, pero ya no era el mismo.

Creo que durante el resto de la escuela nunca volvimos a cruzar ni palabras ni golpes.

Desde entonces aprendí dos cosas: a respetar el dolor ajeno, y que la muerte sería una constante.

De ahí en adelante asistido a unos cuantos sepelios, mas de los que quisiera por contados que sean, algunos personales, otros no, procurando mantenerme alejado de los que no fueron una parte importante ¿saben? me gusta recordar a la gente siempre en vida, por lo que evito acercarme a los féretros  platicar de cosas solemnes o darle demasiadas vueltas a las circunstancias que me han llevado ahí. Después de todo, uno no va despedirse de un muerto (eso es en otro momento, que cada quien debe realizar a su manera) sino a estar con los vivos… es un rito para estar con los seres queridos del difunto, deseando muy en el interior no ser uno de ellos, a sabiendas que es algo que en algún punto va a ocurrir.

A veces creo que el precio de amar a alguien es saber que un día se va a ir.

Como sea, detesto las salas velatorias.

Siempre tienen esa atmósfera opresiva, tratando de no ser triste pero fallando miserablemente en ello, pues suelen estar completamente, cerradas,  sin ventilación, lo que aseguro que con el tiempo va dejando capas y capas de emociones que no desaparecen por mas que se limpie o desinfecte. En el de ayer observe por un rato una pintura en la que la escena es una barcaza con una enorme vela blancam que parte desde lo que parece una casa y se dirige por un río, que desaparece sin llegar a algún lugar. El cuadro se veía opaco, pero no pude discernir si era un efecto de el oleo o si es que con el tiempo se ha oscurecido así. Quizá sea el eco de tantos padre nuestros, rosarios y ave marías que se pierden en cacofonía entre las coronas de flores y las veladoras.

Deliberadamente este post es vago, porque al igual que en dichos lugares, nunca se que decir. Se que lo importante es estar, ayudar en lo que se pueda o simplemente sentarse un momento platicar y escuchar. De todos modos, nunca puedo evitar soltar esa frase, que, aunque la sé cierta, nunca va a servir de mucho pues el mundo a perdido a alguien insustituible:

“Aquí estoy, para lo que se te ofrezca”.

“Al menos flores, al menos cantos”. 

 

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