Día 314.

Tengo un teclado nuevo al cual acostumbrarme y una tarea importante que realizar. Además de ello, tengo cosas que decir.

Solo le tengo miedo a un payaso. Es el payaso cholo que con una regularidad alarmante me carga. Al decir regularidad, no quiero decir frecuencia, me lo imagino dedicándose a otras actividades varias durante su tiempo libre: quizá haciendo pintas, usando paliacates que cierran los ojos, trabajando en fiestas infantiles con juegos como “encájale el cuchillo al cerdo” o “saca el varo, morro”. Desvarío.

Me gusta considerarme una persona con un lado… espiritual, que a veces se inclina a la superstición. Procuro ser escéptico antes que creyente, por practicidad y porque de por sí mi imaginación utiliza grandes reservas de mi RAM cerebral, darle esteroides resulta nocivo para mi salud. Aún así procuro mantener la mente abierta a las cosas que no son tradicionalmente explicables. Una de ellas es el cicló del payaso cholo.

Existe una linea esotérica que marca de 30 a 52 días antes de nuestros cumpleaños como una etapa de destrucción, simíl a la quema de pastizales secos antes de poder plantar. Es una etapa en donde se da la oportunidad de desechar las cosas de las que nos debemos desprender que fuimos acumulando durante el año. Para mí esta creencia me resultaría como una curiosidad propia de los cerillos que en su caja llevan el horóscopo, si no fuera por la maldita exactitud con que se presenta. Lo malo de las quemas, es que arrasan, y con regularidad se salen de control; no dejan rama sin tocar ni piedra sin ennegrecer.

Las celebraciones de halloween y noche de muertos son por mucho mi época favorita del año, dada mi natural inclinación hacia la estética oscura que conlleva. Pero en contadas ocasiones he logrado disfrutarlas plenamente, pues es la temporada en que se me aparecen fantasmas, algunos de ellos frescos, otros que juraba haber exorcizado hace años. Su presencia me indica que obviamente hay cosas por resolver. Son solo un aviso a que levante la guardia, porque vienen golpes, lo cual procuro hacer de uno u otro modo. Con el paso de los años, he aprendido a no dejar caer en saco las advertencias. Procuro ponerme a contraviento, evito abrir puertas con destino incierto, dedicarme a lo que estoy haciendo y cachar con cuidado los golpes que van llegando.  Hasta ahí todo bien.

Enter el payaso cholo. ¿Quién es? Un hijo de puta, eso lo aseguro.

Es un traidor que sabe cual esquina voy a doblar y está listo con una varilla con punta en las manos o un calcetín lleno de monedas. No hace mas que esperar a que esté cerca para aplicarme el “guárdame este fierro” en el estomago o golpearme en la nuca por la espalda, y  después ver como caigo de rodillas con las piernas temblorosas sin tiempo para mentarle la madre. Puede agregar un par de patadas mientras me dice “¿ha ver, culero? síguele jugando al vergillas”. Procede a cargarme por un momento un largo rato, quitarme algo preciado y tirarme en un contenedor de basura. “Te lo lavas”, se despide riéndose, el muy cobarde.

Como pueden apreciar, no le tengo estima.

Hasta el momento, siempre me he levantado después de la putiza en donde la herida puede ser superficial o muy profunda. Creo que con el tiempo he aprendido ha defenderme mejor, hasta he alcanzado a adivinarle un poco por donde viene el golpe, pero no me hago ilusiones de salir ileso. En esta ocasión, decidí escribirlo, esperando con eso dirigir mi enojo y frustración hacia algo si no tangible, al menos con nombre.

Se que esta creencia acerca del periodo de destrucción caen dentro del terreno de las profecías autocumplidoras, después de todo tengo una hoja de papel pergamino lleno de firmas que me avala como psicólogo, aunque debo de ser un maestro de la manipulación inconsciente para lograr que se realicen con algunos elementos tan difíciles de invocar. O quizá solo me engaño y nada de esto es real. Una idea que me asusta, pues soy una criatura de hábitos. Claro, como en toda creencia mística tiene su contraparte, que en este caso estipula, a partir de mi cumpleaños de 30 a 52 días propicios para la creación. Sería una pena y un desperdicio racionalizar su existencia.

Hasta aquí mi comentario, seguimos con la programación.

homey

“Foquiu, ese”

 

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