Día 353.

13 días para el fin del mundo.

El siguiente texto apareció en el numero 5 de la revista Semen (si, un nombre jalador de lectores) que escribí desde hace un par de meses. Es un poco largo, así que lo pondré en partes como ya se me ha hecho costumbre. Conste decir que el tema quizá es mas adecuado para otra ocasión, pero que diablos, es temporada navideña, así que considerenlo un regalo enfermizo. Espero sea de su agrado.

Y el tema, es la muerte.

Creo que a todo escritor le encanta rayar cuadernos de ello: se puede presumir de ser sensible y profundo como poeta maldito escribiendo acerca de flores que se marchitan, asesinatos entre la niebla de una ciudad del siglo XIX o de plano dedicarle unos versos a una amante llena de frases como «Cuando el corazón termine sus latidos me encontraré a tu lado, angel amado, oh aliento seco de sepulcro, dejame descansar entre tus brazos etereos» o cualquier otra burrada que se nos ocurra, después de todo lo que interesa es que la pretendiente en cuestión se la crea, y permita acceder a ciertas partes de su anatomía bastante vivas, por cierto.

Si eso no eso lo que se pretende (aunque no nos engañemos, siempre es así) se puede dilucidar acerca del mas allá desde el mas acá: ponernos filosóficos con las diversas concepciones de la finiquitud del cuerpo como portador de un alma o la inexistencia de esta: armar retruécanos para las charlas de café con otros individuos igual de piratas que uno mientras se consumen cantidades industriales de tabaco con la excusa de que «estamos rompiendo los paradigmas establecidos, le estamos encontrando significados nuevos a la existencia desde esta bonita mesa donde el café cuesta quince pesos con refill». Una excelente labor para justificar el perder toda la tarde.

Si ya se pasaron esas opciones, quizá no venga de más ponernos nacionalistas defendiendo a nuestras etnias (así, con titulo de propiedad) y las bellas tradiciones que estamos perdiendo, como las catrinas, los altares de muertos, las calaveritas… ¡porque jalogüin se la esta comiendo, los niños de ahora ya no conocen las tradiciones de sus abuelos, estamos matando las ceremonias por unos malditos chocolates gringo! Malditos, mil veces malditos. Hay que cortarles el paso y no dejar que se lleven lo poquito que nos queda antes que sea tarde….aunque en el fondo lo que nos importa es ir a pisar tumbas ahogados de borrachos a Patzcuaro en noche de muertos y manosear gringas.

Pito, os digo.

Así, que por esta ocasión, me parece que voy a dilucidar acerca de la parte experimentable del asunto, que con eso no me refiero a probar la muerte (a menos que sea pequeña) sino de algunas cosas que se pueden hacer con ella en una suerte de adecuación del concepto del limite en matemáticas, donde por mas cerca que se llegue, nunca la voy a tocar.

Lo cual es muy bueno porque los muertos apestan.

Continua en el siguiente post.

poetasmalditos

“Somos tan pero tan malditos…”

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