Día 355.

11 días para el fin del mundo.

Tercera y última parte. Si, está algo macabro el asunto.

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Al igual que un árbol que cae en el bosque, nadie en vida sabe lo que es la muerte en solitario. Por supuesto, hay quienes han regresado de la muerte horas después de haber colapsado, pero la información que nos traen siempre está viciada por las preguntas que nos interesan: ¿que se siente? ¿fuiste hacia la luz? ¿te recibió un ser querido? ¿porqué no estas quemado si tenia la certeza que te estabas quemando en el infierno? tan solo otro acercamiento casi al punto de tocar la meta a la que no se quiere llegar (a menos que se sea suicida, que pues no cuenta, ellos hace tiempo que no se encuentran entre nosotros). Una de las variantes mas interesantes de esto es el ritual de buscar la propia muerte, buscando derrotarla a partir de dejarse llevar por ella, ya sea enfrentándose a algo o alguien en el campo de batalla o realizando actividades con una probabilidad real de terminar destruido, como practicar el buceo en cavernas, lanzarse en paracaídas o utilizar el transporte colectivo. De todos modos el objetivo en superar las pruebas, los que fracasan siguen silenciosos.

¿Vale la pena luchar contra el final de todo?

Calculo que sí, aunque por las razones equivocadas.

Existimos en un ecosistema en que la única manera de sobrevivir es matando, como si solo hubiera una cantidad limitada (que puede que sea así) para dividirla entre los que respiramos. Consumimos y devoramos todo lo que se puede como parte de nuestra naturaleza, al grado que el éxito de nuestra civilización no se basa en el no consumo, sino en hacernos eficientes en ello pero sobre todo, que alguien mas lo haga por nosotros. Nos hemos vuelto cobardes y comodinos, ya no cazamos lo que comemos, ya no despojamos de territorios, desconocemos el precio de lo que hacemos a un lado con tal mantener la piel cubierta o la barriga llena.

Recuerdo cuando caminaba a la secundaría que tenia que pasar muy temprano por una calle con poco trafico. Había un cotorro que repetía las palabras que escuchaba, uno que otro silbido, pero de cuando en cuando hacía un ruido horrible, un gorjeo aplanado, alto y largo que terminaba abruptamente como si tuviera la lengua atorada en la garganta. El sonido me ponía los nervios de punta sobre todo al escucharlo al poco rato de haber despertado, suponiendo que el ave estaba enferma. Un buen día mientras pasaba por ahí, me dí cuenta de que es lo que ocurría. En la esquina de esa calle se ponía un puesto callejero de esos de venta de pollos donde traían a las aves vivas, hacinadas en jaulas de plástico durante días para ser sacadas violentamente, su cuello cortado y colocadas en embudos cabeza abajo para que se desangraran en una cubeta, una sanguinaria tradición que es parte de nuestro paisaje cotidiano desde siempre con pocas posibilidades de cambiar. Pasaba todos los días sin voltear realmente, tan solo un negocio mas, un evento sin importancia que sin embargo el cotorro escuchaba una y otra y otra vez cada mañana, durante horas. ¿Quien pues saber durante cuanto tiempo? ¿cuantos estertores agónicos escuchó a lo largo de los años antes de aprender a repetir con toda la maestría que le permitía su organismo? Supongo que me equivoco, pero calculo que ese cotorro debió volverse loco. No hay manera que no supiera lo que esos sonidos significaban, los gritos de dolor, miedo e impotencia de otra ave mientras era pasada a cuchillo, entregada en holocausto para ser servida al mediodía en caldo mientras sus entrañas vendidas a unos pesos como menudencia para alimentar a los perros. Quizá aprendió a mimetizar el sonido con la esperanza de que no lo arrancaran un día de su jaula a enfrentar el mismo destino. Quizá llego a la conclusión de que si fingía el sonido, engañaría al pollero, haciéndole creer que ya lo había matado.

Pero lo mas probables es que esas son solo figuraciones mias, tratando de encontrarle un sentido a un perico que cuando hablaba sonaba como si le estuvieran cortando la garganta.

No se que pensaría Henrí Landrú de todo esto, lo mas probable es que no le interesara, pues su negocio era el actuar, quitarle todo lo que tenía a cada mujer que había elegido, iniciando por su propia existencia. Dilucidar tonterías es para las presas, aquellas a quienes la muerte las sorprende cuando es la única cosa segura en el mundo, lentas del peso de sus ideas.

De cuando en cuando pienso en un sistema de pensamiento que afirma mientras se pasa por el mundo, lo mejor es dejar la menor cantidad de huellas posibles, tomar solo lo necesario evitando la vanidad de considerarse mejor que los demás, después de todo, no hay nada de valor para llevarse, todo esta aquí, un minuto antes de partir, en el deseo de irse con el menor arrepentimiento posible…aunque admito que me encanta el pollo frito.

Igualmente, saludo con amabilidad a los polleros, intentando convencerlos de que ya me han matado.

Aunque dudo que lo crean.

pollosmuertos

“¡POLLOS EN EL ALAMBRE!”

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