Día 364.

2 días para el fin del mundo.

Prepare su cuota.

En el banco. Una niña de unos dos años se ha escapado un momento de su madre, ha corrido unos pocos pasos, se ha sentado a mi lado y me ha sonreído, le sonrío de vuelta.

Pobres, pobres de los mayas, sus cadáveres y sus petroglifos, o cualquier cosa relacionada con ellos. Son como el niño gordo a la hora del recreo que solo lo invitan a jugar para ver como se cae.

En las últimas semanas me he encontrado con montones de artículos que buscan desenmascarar la idea del fin del mundo: desde publicaciones científicas que marcan todos los errores de traducción, interpretación del calendario de cuenta larga, periodistas tendenciosos afirmando en base a su sacrosanta gana que la profecía es equivocada, figuras religiosas menores pidiendo por la fe en Cristo (obvio, cada quien defiende su propia marca del fin de los tiempos), hasta el Papa pidiendo calma, que no pasa nada, y, por último, la burla directa en forma de memes, chistes o videos de cualquier hijo de vecino contra los mayas.

¿Y los mayas que culpa tienen?

Cada quien mira lo que quiere, torciendo los ojos de preferencia.

Me recuerda un poco al baile organizado por príncipe Próspero en la historia de La mascara de la muerte roja de Poe (vuelta entera, escribí de esto hace 302 días y no lo recordaba, aunque en un tenor diferente, es un asunto que llevo desde hace mucho mas de lo que puedo recordar), donde los asistentes se refugian de la peste encerrándose en un castillo, dedicándose al goce y reírse de la muerte que impera afuera. Claro, cada hora se asustan al tañer ominoso de un enorme reloj, pasando saliva, sudando frió paralizados esperando un abrazo que los lleve a donde nunca han de volver.

No le saque.

Después, vuelven como si nada a bailar, soltando una risita nerviosa, prontamente olvidando el asunto, volviendo a obnubilarse en manojos de felicidad artificial.

En nuestro mundo esos placeres también son deliciosos, solo como comentario cultural.

No hay deporte más practicado que dedicarse a hacer tropezar a los demás sobre todo cuando advierten que algo va a pasar. Todos temen a las profetas, por lo que no extraña el regordearse cuando no ocurre lo que dicen. Pero el caso de los antiguos mayas es aparte, pues nunca han dicho nada (el polvo no habla), simplemente hay un calendario que cada uno usa como se le antoja y nuestro invariable apetito por querer que nuestra vida sea lo mas importante, que el lapso de tiempo que habitamos es cuando va a ocurrir un evento tan espectacular como nunca volverá a ocurrir, sobre todo si es el fin de todo.

Nos aterra que exista el futuro exista cuando ya no estemos.

También nos aterran nuestros propios deseos torcidos, porque en el fondo nadie quiere que el baile termine, así que que diablos, digamos de antemanos que los mayas estaban equivocados, que la muerte no puede alcanzarnos, que esta allá afuera, lejos, llevándose solo a aquellos que son estadísticas  carne de imprenta, veinte palabras en el noticiero, vidas anónimas  totalmente diferente a la nuestra.

De todos modos, al final Poe aniquila a todos los asistentes a la fiesta.

Incluyendo al príncipe Próspero.

Masque

“Waiting for a sign”

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